C172 - MAESTRAS COQUETAS.
Kate estaba radiante. El anillo brillaba en su dedo y cada vez que lo miraba le costaba creer que Grayson hubiera hecho una propuesta tan poco convencional… y tan perfecta para ellos.
Los días siguientes fueron una vorágine de planes. Eleonora, emocionada, apareció en casa con una carpeta llena de ideas.
—Querida, tiene que ser una ceremonia tradicional, con flores blancas, coro y un vestido largo —dijo, acomodándose las gafas mientras desplegaba fotos.
—O —intervino Aisling desde el sofá, con una copa en la mano—, podrías hacer algo bohemio en la playa, con música en vivo y sin esos zapatos tortura.
Kate las miró a ambas, sonriendo.
—¿Y si hacemos una mezcla de las dos? —preguntó, aunque en el fondo se debatía. Su parte más formal quería complacer a Eleonora, pero otra parte sentía que Aisling entendía su lado libre y espontáneo.
—Haz lo que a ti te guste, querida —le dijo Eleonora, palmeando su mano—, mientras tú seas la novia... yo seré feliz.
Aisling alzó su copa.
—Brindo por eso, mi amiga es única e irremplazable.
Todas rieron y la dependienta apareció con el vestido.
—Ya está listo, señorita.
Kate se lo colocó, se vio en el espejo y tragó saliva. El corte resaltaba su figura, y aunque la tela caía suavemente, no podía evitar pensar en su vientre.
—Creo que… se me va a notar —dijo, medio en serio, medio riendo.
Aisling se acomodó en la silla y, con una sonrisa cargada de malicia, soltó:
—¿Y quién te manda a comerte el pastel antes de hornearlo?
Eleonora levantó una ceja y, sin perder el aplomo, añadió:
—Y muchas veces, querida… muchas veces.
Kate se giró hacia ella, con una chispa traviesa en los ojos.
—Bueno... es su culpa por tener un hijo tan deseable.
Eleonora intentó contener la risa, llevándose una mano a la boca, fingiendo estar escandalizada, pero duró apenas dos segundos antes de estallar. Aisling también soltó una carcajada sonora y, en cuestión de instantes, todas en la sala estaban riendo a carcajadas, sin poder parar.
La costurera se apartó un poco, también sonriendo, mientras Kate, todavía riéndose, se miraba otra vez al espejo y pensaba que, entre tanta complicidad, esa boda iba a ser mucho más que un día especial: iba a ser un recuerdo eterno.
Después de la prueba del vestido, con las risas todavía frescas en la memoria y la decisión tomada de celebrar la boda en un elegante hotel de la ciudad, Kate sintió el peso de otra cita pendiente, una que no podía seguir retrasando.
El trayecto al hospital se le hizo más largo de lo que esperaba y, al llegar, se quedó inmóvil frente a la puerta, respirando hondo como si necesitara reunir fuerzas para entrar. Después de unos segundos, empujó suavemente y Katerina estaba allí, conectada a máquinas que emitían un pitido constante.
Su piel pálida, su cuerpo inmóvil… la sola imagen le apretó el pecho hasta dolerle.


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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: CONQUISTANDO A MI EXESPOSA SECRETA
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