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Cuando al fin ella se rindió, él se enamoró romance Capítulo 727

Celia contrajo el vientre de forma instintiva y procuró no apoyarse tanto en él. Solo deseaba que no se diera cuenta de nada. César sintió con claridad la tensión que salía de ella. Sus ojos profundos se posaron en la joven que tenía entre los brazos, como si estuviera examinándola con detenimiento. Ella no pudo evitar desviar la mirada, sintiéndose insegura.

"Si sigue así, terminaría por descubrirlo", pensó ella.

—Con la relación que tenemos ahora… esto no parece muy apropiado, ¿no lo crees? —dijo tras carraspear un poco.

Él dejó escapar una risa ronca, pero tardó un buen rato en controlar sus deseos.

—Celia —la llamó.

—¿Sí?

—Me da la impresión de que estás haciendo algo a escondidas.

Celia se mantuvo impasible, aunque sus ojos se movieron con rapidez y sus dedos se aferraron, sin que quisiera, al borde de la chaqueta de César.

—Estoy planeando volver a Rivale para pasar las fiestas —dijo con naturalidad.

Él parpadeó, sorprendido.

—¿No te quedarás conmigo?

Ella sonrió y se encogió de hombros.

—Ya te acompañé muchos años y no supiste valorar mi compañía. Ya hablaremos más adelante. —Con eso dicho, se apartó de su abrazo—. El otro día vino una mujer a buscarme.

La sonrisa de César se desvaneció y en sus ojos se veía un destello lleno de frialdad. En realidad, Tomás ya le había contado lo sucedido. Ese día había ido precisamente para comprobar con sus propios ojos que ella estuviera a salvo.

—¿Te hizo daño? —preguntó con tono grave.

—No —respondió Celia, negando con la cabeza—, pero quiero saber quién es.

César guardó silencio un momento antes de responder:

—¿Recuerdas quién es la madre de Alfredo?

—Claro.

—Su madre biológica se llama Olivia Vázquez. Ella está detrás de la familia Suárez. La mujer que vino a buscarte es su ahijada.

César no esperaba esa "sorpresa" y quedó aturdido, pero ella añadió con tranquilidad:

—Ahora ya no somos marido y mujer. Si te quedes a dormir, no sería apropiado. Pero si te vas después de que quede dormida, no habrá problema, ¿cierto?

César sonrió con ternura. No le importaba aguantar un poco, mientras que ella estuviera contenta.

Celia ya se había metido entre las sábanas, dejando espacio a su lado. César se sentó en el borde, apoyando la espalda contra el cabecero. Ella se arrimó un poco más y le rodeó la cintura con los brazos. Ese gesto de confianza y cercanía lo descolocó. Después de todo, él siempre había deseado que ella se apoyara más en él…

***

La noche se fue avanzando cada vez más. En la habitación del hospital, apenas iluminada, David, que había estado dormido, abrió lentamente los ojos. Al comprobar que no había nadie vigilando en el pasillo, se incorporó con un enorme esfuerzo, se puso un abrigo grueso y, arrastrando los pies, salió de la habitación.

Al pasar junto a la estación de enfermería, se detuvo un instante. Aprovechando que la enfermera dormitaba apoyada sobre el escritorio, escapó con rapidez. Ya en el vestíbulo de la planta baja, caminó agachado hacia la salida principal. En su pecho bullía una mezcla de ansiedad y esperanza de poder escapar con éxito. Pero cuando ya casi había llegado a la puerta, una voz a sus espaldas lo detuvo.

—¡Ahí está!

Un escalofrío lo recorrió. No se atrevió a mirar atrás. Ignorando el dolor de la herida, echó a correr, pero dos guardaespaldas le cerraron el paso justo antes de la salida. David palideció de golpe.

—Ustedes… ¡Déjenme ir!

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