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Cuando al fin ella se rindió, él se enamoró romance Capítulo 728

—Lo siento, señor Herrera, pero todavía está hospitalizado y no puede salir —dijo la enfermera, interponiéndose en su camino.

—¡No me vengas con esas malditas mentiras! Esto no es un hospital, ¡sino una cárcel! ¡Voy a denunciarlos!

David, entre la ira y la desesperación, se puso rojo.

—Pues hágalo.

La voz de César llegó desde la entrada, tranquila e indiferente. Llevaba un abrigo oscuro empapado de nieve y frío. Su cara, por lo general cortés, ahora lucía completamente impenetrable.

—¡César! ¿Vas a tenerme encerrado aquí hasta que me muera? —gritó David. Sus dientes rechinaban, mientras la herida le dolía y el sudor le perlaba la frente.

César no respondió. Solo alzó la barbilla y los guardaespaldas de inmediato sostuvieron a David, que apenas se mantenía en pie.

—Solo quiero que se recupere bien. No tengo la intención de encerrarlo aquí para siempre.

—No finjas que te preocupas por mí, sé perfectamente lo que piensas. Si quieres hacer pagar a alguien, ve a buscar a Zack. ¡Él planeó todo!

César se detuvo a su lado.

—Lo sé, no pienso dejar que se salga con la suya. En cuanto a usted —volvió la cabeza hacia él—, también recibirá lo que se merece.

—¿Qué quieres decir? —David, alarmado, se sobresaltó—. ¡Quiero ver a tu padre!

—Mi padre dijo que no intervendrá en esto. Me dejó decidir.

El pecho de David se agitó violentamente.

—¡Soy tu tío!

César sonrió con frialdad.

—Eso es cierto, pero si la familia es basura, es mejor no reconocerla.

—¡Tú…!

—Llévenlo de vuelta a la habitación. Cuídenlo hasta que pueda declarar.

Los guardaespaldas arrastraron a David mientras este último gritaba e insultaba. Sus maldiciones resonaron en el silencio del hospital.

—Ella es capaz de todo, pero esto es nuevo, ¿no?

—Quién sabe. Llama a tu tía para que se la lleve, yo ya no puedo más.

Víctor subió las escaleras. La empleada trajo el medicamento y se lo ofreció a Lía.

—Señorita Lía, tómese esto, le va a ayudar al estómago.

—¡No quiero! —Lía, hecha un desastre, con el maquillaje corrido y el pelo enmarañado, se negó rotundamente—. No puedo. ¡Buaaa!

César, sentado en el sofá, con los brazos cruzados, la miró como quien contempla un espectáculo.

—Enhorabuena —bromeó—. Por fin te quitaron la licencia de conducir.

Lía sollozó con fuerza.

—Me rechazó. Mi amor murió antes de empezar…

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