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Cuando al fin ella se rindió, él se enamoró romance Capítulo 726

—No —respondió Nicolás sin titubear.

—Entonces, ¿por qué?

—Por aquel entonces me trajiste el medicamento. Solo te devolví el favor —dijo con voz ronca, y se dio la vuelta con su maleta.

Lía lo vio desaparecer. Se mordió el labio con tanta fuerza que sintió el sabor metálico de la sangre en la boca. Con el dorso de la mano, se limpió la sangre y después las lágrimas.

—¡Eres un bastardo, Nicolás Gómez! —gritó a todo pulmón.

***

Cayó la noche y comenzó a nevar de nuevo.

Celia preparaba la maleta en su habitación cuando una pequeña caja de joyas cayó al suelo. Sorprendida, la recogió y la abrió: adentro estaba su anillo de bodas. El diamante aún brillaba bajo la luz. Hacía un año, César se lo había dado en Rivale. Ella lo había guardado ahí y casi lo había olvidado.

"Mejor me lo llevo", pensó ella.

—¡Celia! —La voz de Carlos resonó desde la planta baja.

Celia cerró la maleta y salió de la habitación.

—¿Qué pasa?

Al comenzar a bajar las escaleras, escuchó a Carlos gritar:

—¡Vino el señor Herrera!

Celia se detuvo bruscamente. Bajó la cabeza y miró su vestido de seda ligera: se ceñía tanto a su cuerpo que marcaba su vientre. Sin embargo, en ese momento, César ya subía las escaleras.

Carlos dudaba mucho si debía detenerlo. Para cuando reaccionó, ya era tarde y solo pudo seguirlo de cerca. Celia regresó a su habitación a toda prisa para cambiarse de ropa.

César se detuvo en el pasillo y, recordando el camino, se dirigió directamente a su puerta. Justo cuando se disponía a abrirla, la puerta se abrió desde adentro. Celia apareció apoyada en el marco con una pose ensayada y una sonrisa coqueta.

—¿Por qué viniste sin avisarme? —preguntó.

Él alzó una ceja.

—Entonces, ¿cuál es tu intención?

—Solo… quería enseñarte el vestido y compartirlo contigo.

Él, divertido por las explicaciones de Celia, replicó:

—No entiendo de vestidos, pero —sus ojos se posaron fijamente en su cara—, si la mujer es guapa, incluso sin ropa se ve bonita.

Ella tardó un momento en entender la insinuación y, fingiendo estar enojada, lo empujó.

—¡Fuera de aquí!

Él levantó las manos mientras se reía, pero, sin que ella se lo esperara, la rodeó con sus brazos en un fuerte abrazo.

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