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Cuando el Anillo Cayó al Polvo romance Capítulo 1005

Fabián observó la escena con una mirada pensativa, sus ojos reflejaban un destello apenas perceptible.

Al parecer, la relación entre esos dos hermanos era realmente buena.

—Lisandro, cuida bien de tu hermana, no dejes que empeore —le advirtió Fabián, algo poco común en él.

Lisandro se sorprendió un poco, pero igual respondió de inmediato:

—Descuida, papá. Yo voy a cuidar bien de mi hermana.

Mientras hablaba, Lisandro cruzó una mirada con Dafne. Ella le guiñó el ojo, cómplice.

Dafne agradecía que la cobija que Lisandro había traído no fuera tan gruesa, porque si no, seguro ya estaría sudando la gota gorda.

Ayer se había bañado con agua fría, pero no le dio fiebre. En vez de eso, se había pegado unos parches térmicos en el cuerpo para fingir que tenía fiebre. Y el dolor de estómago… bueno, eso era por haber comido papitas picantes; su estómago solo sentía el ardor.

Aun así, Dafne pensaba que todo eso valía la pena por lo realista que se veía su actuación. Le preocupaba que, si se notaba alguna incoherencia, los médicos —que seguro eran bastante experimentados— descubrirían que estaba fingiendo.

Por eso, agradecía haber sido tan estricta consigo misma desde el principio. De no ser así, quizá no habría logrado llegar hasta su mamá.

Dafne se sintió incómoda de seguir recostada, así que intentó sentarse. Lisandro, atento, la ayudó a levantarse y apoyó la cabeza de Dafne en su hombro.

—¿Cómo vas, hermana? ¿Te sientes mejor? —le preguntó con voz suave.

Dafne asintió, aunque sus labios se veían pálidos, dándole un aspecto aún más lastimoso.

—Papá, ¿vamos a ver a mamá? —preguntó Dafne, con los ojazos llenos de esperanza, mirando a Fabián como si le suplicara.

A medida que hablaba, los ojos de Lisandro también se llenaron de lágrimas.

Vivir solo con papá era complicado. Además, tenían que soportar a Tatiana, esa mujer cruel, esquivando sus trampas y sobreviviendo a sus amenazas. Solo de pensarlo, Lisandro sentía un cansancio que le calaba hasta los huesos.

Fabián soltó un suspiro largo.

—Ya, basta. ¿No ven que los estoy llevando a ver a su mamá? —dijo, tratando de ocultar la emoción que lo invadía al ver a sus hijos tan conmovidos.

Verlos así, tan vulnerables y llenos de lágrimas, le apretaba el pecho sin querer.

Resulta que Joana había sido una mujer muy dedicada. Los recuerdos que tenía de ella eran borrosos, pero siempre la evocaba con una sonrisa en el rostro. Tanto para él como para los niños, Joana irradiaba alegría.

Solo al estar ahí de pie, ella parecía una pintura, una imagen serena y cálida que llenaba de paz cualquier lugar.

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