—Voy para allá a recogerlo, dime la ubicación.
—Claro, claro.
El transeúnte sintió un gran alivio, como si le hubieran concedido un indulto.
Qué bien, por fin se libraría de ese problema.
Ni se imaginaba el miedo que había pasado.
Además, ¿cómo podía ese tipo desmayarse así en el suelo?
No sabía qué hacer.
...
En poco tiempo, Tatiana llegó con su chofer.
Al ver a Fabián sentado, apoyado en la acera con la ayuda del transeúnte, una pizca de desdén cruzó su mirada.
El que una vez fue el niño mimado del destino, ahora tirado en la calle, no se diferenciaba mucho de ella, una actriz en decadencia.
¿De qué se enorgullecía el Fabián de ahora?
Cuando el transeúnte vio el brillante emblema del carro de lujo, sus ojos se iluminaron.
Sabía que el tipo al que había ayudado era rico, pero no se imaginaba que tanto.
¿Un carro cualquiera ya era de tan alta gama?
Tatiana se bajó y fue directo hacia el transeúnte.
—Toma esto, gracias por la molestia.
Dicho esto, Tatiana le arrojó una tarjeta bancaria.
El transeúnte, que al principio estaba un poco molesto, se quedó callado al ver la tarjeta en su mano.
Era una tarjeta negra.
¡Había ayudado a un millonario!
Incluso dijo, con servilismo:
—Señorita, ¿quiere que le ayude a subirlo al carro?
—Sí, súbelo.
Tatiana no se negó. Para ella, cualquier cosa que se pudiera resolver con dinero no era un problema.
Pronto, el chofer y el transeúnte, uniendo fuerzas, subieron a Fabián al asiento trasero.

VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Cuando el Anillo Cayó al Polvo