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Cuando el Anillo Cayó al Polvo romance Capítulo 1174

—¡Yo no quise decir eso! —exclamó Fabián, con el tono apresurado de quien se sabe acorralado—. ¿No ves que traje a los niños a pasear? Ellos se sentían solos, por eso te llamé a ti.

Fabián no sabía explicar por qué, pero sentía una necesidad imperiosa de que Joana se quedara. Sumado a lo que Abril le había dicho, quería pasar más tiempo con ella, con la esperanza de recuperar esos recuerdos perdidos. Las imágenes del pasado se repetían en su cabeza como una película rayada, causándole punzadas de dolor en las sienes. Sin embargo, ese dolor traía consigo momentos de lucidez.

Sabía lo que tenía que hacer. Quería recuperar su memoria. Quería entender quién era Joana en realidad. ¿Habían sido alguna vez una pareja unida y feliz?

—Además —continuó Fabián tratando de justificarse—, estos niños son de los dos. Si venimos al parque y se sienten solos, ¿qué tiene de malo que yo los traiga y te invite para que estemos todos juntos?

Joana respiró hondo, tratando de no perder la paciencia ante el descaro de ese hombre. Le quedaba claro que discutir con alguien así era perder el tiempo. No solo no escuchaba, sino que vivía en su propia realidad distorsionada e intentaba arrastrar a los demás a ella.

—No hay ningún problema, tienes toda la razón —dijo Joana de repente, dándole por su lado.

El cambio abrupto dejó a Fabián fuera de base. Se quedó parado ahí, con la boca medio abierta y una expresión vacía.

—Tú... ¿te sientes bien? —preguntó él con torpeza.

Joana lo ignoró olímpicamente y bajó la vista hacia sus hijos.

—Dafne, Lisandro, ¿no decían que me extrañaban? —Dijo mientras tomaba a cada uno de la mano—. Pues órale, vámonos. Los voy a llevar a pasear. Mañana tengo cosas que hacer y no podré estar con ustedes, así que hay que aprovechar hoy para divertirnos.

Sin esperar respuesta, Joana jaló a los niños y comenzó a caminar hacia la atracción de los rápidos, esa donde el agua te empapa de pies a cabeza.

—Está bien, ya voy.

Joana notó la frustración contenida en la voz de él, casi podía escuchar el rechinar de sus dientes. Levantó una ceja, divertida. Le importaba un comino. Fue él quien insistió en que viniera; ahora, si quería jugar a la familia feliz, tendría que aguantarse.

En cuanto Fabián se alejó, los dos niños se pegaron a su madre. Dafne entrelazaba sus dedos con nerviosismo, retorciéndolos hasta que los nudillos se pusieron blancos. Mantenía la cabeza baja, y desde el ángulo de Joana, era evidente que la sonrisa fingida había desaparecido. Las lágrimas comenzaban a brotar de sus ojos, incontenibles.

Tanto Dafne como Lisandro eran mucho más maduros que el promedio de los niños de su edad. De no ser así, no habrían sido capaces de hacer todas las travesuras del pasado. Pero era la primera vez que Joana veía a Dafne con las emociones tan a flor de piel, luchando por contenerse pero fallando miserablemente.

Ver a su hija así, tan vulnerable y arrepentida, hizo que Joana se sintiera un poco perdida.

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