A Tatiana la situación le parecía ridícula y miró hacia Fabián:
—Fabián, por favor, dile a tu madre por culpa de quién saliste lastimado.
El rostro de Fabián se ensombreció aún más.
Ya no quería ni recordar lo que había pasado en el tribunal, y para colmo, su madre seguía insistiendo en el tema.
¿Acaso no se daba cuenta de que le estaba echando sal en la herida?
—Mamá, no hables más, Tatiana no tiene nada que ver.
Pero Renata se negaba a creerlo.
En el fondo sentía que Fabián estaba hechizado por esa mujer.
Su buen muchacho, ¿cómo era posible que hubiera caído en las garras de Tatiana?
Cuanto más lo pensaba, más le hervía la sangre:
—Fabián, estás ciego por culpa de esta mujer, ¿no te das cuenta? ¿En serio crees que ella es una buena persona? Te lo advierto, ella solo es...
—¡Señora Renata!
La voz de Tatiana se elevó de golpe.
Y gracias a ese grito, Renata recuperó un poco de cordura.
Fabián entornó los ojos, notando al instante que algo andaba muy mal.
Tatiana se dirigió a Renata:
—Señora Renata, ¿de verdad tiene que hablar de estas cosas frente a Fabián?
Tatiana fingió angustia por él:
—Todavía no se recupera de la lesión en el brazo, ¿y usted insiste en molestarlo con asuntos que lo alteran?
El rostro de Renata empalideció.
Especialmente al cruzar miradas con Tatiana, se dio cuenta de que casi había hablado de más.
Tatiana la miraba con ojos llenos de advertencia.
Al fin y al cabo, ambas estaban embarradas en haberle ocultado la verdad a Fabián desde un principio.

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