Belén se recargó en el panel de botones del elevador y soltó un grito fingido de dolor.
Al escucharla, las otras empleadas se alarmaron y corrieron a su lado para ver qué le había pasado.
—Belén, ¿estás bien?
—¿Te duele el pie?
Belén hizo una mueca fingida, aparentando dolor:
—No es nada, solo que me apoyé en los botones del elevador.
Mientras decía eso, volteó hacia Joana con una mirada retadora:
—Hermana, no te vas a enojar conmigo, ¿verdad?
Joana movió los dedos de las manos, como si se estuviera preparando para algo.
Sus ojos, entrecerrados y con una sonrisa astuta, destilaban una amenaza clara:
—¿Cómo crees que me voy a enojar contigo?
Esa mirada era tan intensa que hasta el aire en el elevador pareció cortarse.
Las empleadas que solían llevarse bien con Belén no pudieron quedarse calladas.
—¿Tú eres la hermana mayor? Si tu hermana dice que le duele el pie, ¿y ni siquiera te preocupas?
—Con razón Belén casi siempre anda sola… Seguro en casa también le haces la vida imposible.
A Joana no le interesó perder tiempo discutiendo con ellas.
De un salto, intentó avanzar.
Pero Belén se interpuso justo en su camino.
—¿Sí te enojaste, verdad? No fue mi intención, de verdad… Ay, pero mira, solo faltan tres minutos para que se cierre la convocatoria. Parece que nunca vas a poder entrar a la empresa.
Belén sabía perfectamente que el concurso de selección de la empresa terminaba a las nueve y media.
Disfrutaba viendo cómo Joana estaba a punto de perder la oportunidad ante sus ojos.
—¿De dónde salió esta mate tan pasada de moda? Ya está más agria que un limón —aventó Joana, con toda la desidia del mundo.
El semblante de Belén cambió por completo.
Antes de que pudiera contestar, Joana fingió torcerse el tobillo y, desequilibrada, se lanzó sobre Belén.
Belén intentó esquivarla de inmediato.
Pero apenas se hizo a un lado, la mano de Joana le cruzó la cara con una bofetada que sonó por todo el elevador.
—¡Paf!—
Joana retiró la mano con una media sonrisa, como si nada:
—Perdón, hermanita, me torcí el pie.
La mejilla de Belén ardía con la marca roja de la mano de Joana.
—Sí, ese elevador es el del jefe, pero en emergencias también se puede usar —susurró una.
Belén cambió la expresión de inmediato:
—Es que ella es mi prima, y por mi mamá, tanto ella como mi hermano me odian. Por eso me da miedo que, si trabajamos juntas aquí, todos terminen incómodos.
Las otras chicas sabían que Belén tenía problemas con su hermano y la protegían siempre que podían.
Ahora que escucharon que Joana era cómplice de ese hermano, todas sintieron rechazo hacia ella.
—Entonces hiciste bien.
Nadie quería trabajar en Grupo Zambrano con una tipa así.
—¡Miren! ¡El elevador del jefe se está moviendo!
Una de las empleadas gritó sorprendida.
Todo el mundo sabía que Arturo había salido del país por trabajo estos días.
Ese elevador solo lo usaba él, nadie más tenía acceso.
Ahora, el elevador marcaba que subía hacia el piso doce.
Por el tiempo, justo coincidía con la salida de Joana.
Belén frunció el entrecejo, llena de dudas:
—¡No puede ser! Aunque se haya dado cuenta de que el elevador sí sirve, no tiene la tarjeta para acceder a esos pisos.

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