Al escuchar eso, la expresión de Joana fue como si hubiera mordido un insecto.
—Fabián, ya lo dije. Entre nosotros no hay la menor posibilidad de retomar este matrimonio ridículo. Desde el principio fue un error.
Sacó de su bolso un sobre con los papeles del divorcio.
—Puedes revisarlo. Si no tienes objeciones, solo firma.
La mirada desorientada de Fabián se enfocó al leer las palabras “acuerdo de divorcio”. Por un instante, sintió el impulso de romper esos papeles en mil pedazos.
Anoche, después de pagarle a aquel equipo de hackers para que irrumpieran en la nube de Joana, cada intento resultó un completo fracaso. ¡Jamás se imaginó que serían tan inútiles! Al mismo tiempo, se sorprendió de la seguridad del celular de Joana; seguramente había contratado a alguien muy bueno para protegerlo, como si ya hubiera previsto este escenario.
Lo que Fabián no sabía era que, aunque lograra borrar todos los videos, aún existía una copia en formato físico esperando por él.
Por ahora, no le quedaba más remedio que seguirle el juego y firmar los papeles como una maniobra para ganar tiempo.
En cuanto al divorcio, cuando pasara el periodo de treinta días de reflexión y él viajara al extranjero por negocios, podría posponer el trámite sin problemas. Si al final tenían que apelar por dos años de separación, estaba seguro de que podría convencerla de cambiar de opinión.
Sin mirar con detalle el acuerdo, Fabián firmó su nombre sin dudarlo. Esa decisión tan resuelta dejó a Joana un poco desconcertada.
—¿No quieres revisar el contenido? —preguntó, titubeando.
Fabián soltó la pluma y la miró con una ternura inesperada.
—Confío en ti, Joana. Sé que no me harías daño.
Al escuchar esto, Joana sintió un escalofrío.
Definitivamente, nunca debió sentir lástima por él.
...
El trámite en la alcaldía fue rápido.
—Por favor, guarden bien este documento. Dentro de un mes regresen aquí para finalizar el proceso —les dijo la funcionaria.
Cuando Joana recibió el comprobante del divorcio, se quedó un rato mirando el papel, como si todo fuera un sueño. No terminaba de creérselo: de verdad se había divorciado.
—Señor Fabián, gracias por tu cooperación. A partir de ahora, veré a nuestros hijos una vez al mes. La pensión la transferiré puntual a tu cuenta.
Fabián le dedicó una sonrisa amarga.
—Joana, no tienes que tratarme como un extraño.
Ella apretó los labios y no le respondió.
—Joana, si pudiera tener otra oportunidad, volvería a elegir estar contigo —dijo Fabián, mientras esperaban el cambio de luz en el semáforo.
En esa época, Joana era romántica y soñadora, y le gustaba consentirse. Incluso llegó a quejarse de que él, por ser unos años mayor, le había robado parte de su juventud.
Sería mentira decir que esas palabras no le tocaban el corazón. Pero en aquel entonces, una cadena de malentendidos los fue separando. Ahora, casi ni parecían las mismas personas.
Las palabras de Fabián quedaron flotando en el aire. El silencio llenó el carro hasta volverse abrumador.
De pronto, Joana dibujó una leve sonrisa.
—Señor Fabián, ¿y por qué no me preguntas a mí?
¿Si tuviera otra oportunidad, volvería a elegirlo?
Las manos de Fabián se apretaron en el volante. Bajó la mirada y, aunque ya intuía la respuesta, no pudo evitar preguntar:
—¿Tú lo harías?
Joana le lanzó una mirada de soslayo.
—Si pudiera volver atrás, preferiría no haber presentado el examen de ingreso a la Universidad del Pacífico Sur.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Cuando el Anillo Cayó al Polvo