Siempre quiso tener más hijos, pero nunca pudo lograrlo.
Para colmo, sus dos hijos resultaron ser una decepción tras otra.
Si hubiera sabido que Graciela estaba embarazada, aunque ese embarazo no fuera ideal, habría hecho hasta lo imposible por salvar al bebé, sin importar cuánto dinero tuviera que gastar.
¡Era su propio hijo!
Si de verdad perdía a ese bebé por sus propias manos, sentiría como si le arrancaran la piel a tiras.
—¡Doctor, llamen al doctor, rápido!
Benjamín intentó cargar a Graciela.
Pero después del susto de hace un momento, se quedó sin fuerzas; por poco la deja caer y le causa todavía más daño.
Graciela ya se había desmayado del dolor.
El piso estaba cubierto de manchas de sangre, marcadas por las pisadas de Benjamín.
Joana observó todo con expresión dura, como si la indiferencia le calara hasta los huesos.
Si no se equivocaba, si el abuelo hubiera terminado de dar esa bofetada, ese bebé ya no estaría vivo.
El gesto de Graciela llevándose la mano al vientre la había puesto en alerta.
Por eso, hizo todo lo posible por evitar la tragedia.
Por suerte, ella y su abuelo se entendieron sin palabras; si no, las consecuencias habrían sido inimaginables.
Ahora todo esto era el resultado de sus propias acciones.
Por estar en un hospital, los médicos y enfermeras no tardaron en llegar y llevaron a Graciela de inmediato a emergencias, mientras Benjamín, totalmente desorientado, los seguía.
—¡Salven al bebé! ¡Tienen que salvarlo!
Afuera, los murmullos de la gente no paraban, al contrario, iban en aumento.
El lugar se había vuelto un caos total.
Belén, con la ropa empapada en sangre, gritó a Joana:
—¡Todo es tu culpa! ¡Maldita, tú hiciste que mi mamá perdiera al bebé! ¡Tú mataste a ese niño! ¡Tú mataste a mi hermano!
A Joana todo le parecía absurdo.
—Si sabías que tu mamá estaba embarazada, ¿por qué no detuviste a tu papá? Tú la dejaste sola. Tú eres la verdadera responsable de la muerte de tu hermano.
—No es cierto, hermano. Mi mamá tenía sus razones —Belén lloraba y negaba con la cabeza—. Ella solo amaba demasiado a papá. No hables así de ella, no seas cruel.
Sebastián apenas pudo disimular su asco.
—¿Razones? ¿Acaso era peor que la montaña de remedios que mi mamá tuvo que tomar? No me vuelvas a llamar así, me das asco. Si no te he corrido a ti y a tu mamá de la casa es porque no quiero ensuciarme las manos.
Dicho esto, la empujó sin miramientos.
Las palabras de Sebastián la hirieron profundamente.
¿Por qué le tocaba ser “la hija que nadie quiere”?
Si todos eran hijos de la familia Osorio, ellos tenían todo lo que ella siempre soñó, y ni así eran felices.
Solo ella vivía bajo el desprecio de todos.
¡Si ni siquiera había hecho nada malo!
Belén apretó los puños tan fuerte que sus largas uñas se clavaron en la piel, mientras su mirada, llena de rencor y rabia, no se apartaba de Joana.
—¡Ustedes son unos asesinos! ¡Todos son unos asesinos!

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