El rostro de la mujer se tensó de repente, asomando un destello de nerviosismo. Sin embargo, reaccionó de inmediato. Se adelantó, arrancó la hoja del historial médico que tenía en las manos y la arrugó hasta hacerla una bola.
—¡Debe ser que me equivoqué de papel! Mi hermana siempre ha sido de salud delicada, vive en el hospital. ¡Seguro agarré el documento equivocado! O tal vez la impresora del hospital anda mal. En fin, no cambies el tema y mejor explícame esa ropa sospechosa que tienes ahí —dijo, tratando de devolver la atención al punto que más le convenía.
No perdió el tiempo y redirigió la conversación a su favor.
—Sí, debe ser que se confundió de papel. Pero la ropa que tienes aquí es prueba suficiente —añadió alguien entre los presentes.
—Jamás me habría imaginado que Onda Étnica haría algo así. Qué bueno que nunca he comprado nada en esa tienda.
La multitud, que ya empezaba a alterarse, volvió a dejarse llevar por el nuevo giro y comenzaron los comentarios y señalamientos.
Lorena se acercó a Joana, estirando de su manga para atraer su atención. Susurró con voz baja y tensa:
—Joana, si esto se complica, mejor discúlpate y págales. Nuestros fans lo van a entender, ya verás.
Joana apartó la mano de Lorena y respondió con un tono seco:
—Si tengo que disculparme, no va a ser con ellas.
Por el rostro de Lorena cruzó una mueca de desprecio que intentó esconder al instante.
—Qué ganas de fingir dignidad... Esta tienda no llega ni a mañana sin caerse —pensó, apretando los dientes.
Pero sus palabras no quedaron solo en ese círculo; en internet, la discusión ya era una tormenta.
[¿Y eso de que los fans “van a entender”? ¿Creen que los clientes somos unos ingenuos o qué?]
[Estas dos sí que son difíciles de tragar…]
[¡Boicot a Onda Étnica! ¡Boicot a Onda Étnica! ¡Boicot a Onda Étnica!]
...
Joana, sin prestar atención al escándalo, se acercó al exhibidor, tomó la falda con la que había hecho la prueba minutos antes, así como la prenda señalada por las dos mujeres, y buscó unas tijeras en el gabinete de herramientas.
La mujer la miró con recelo.
—¿Y ahora qué? ¿Piensas destruir la evidencia?
Joana la ignoró, le dio la vuelta a la falda y dejó a la vista la etiqueta de lavado cosida en el interior.
—¡Joana, quién te viera hoy! Acabarte es tan fácil como pisar una hormiga —masculló entre carcajadas, con lágrimas de tanto reír.
Las dos mujeres que armaron el escándalo eran revendedoras que Belén había contratado, expertas en copiar y vender ropa de marca barata por internet.
Por menos de diez mil pesos, Belén había conseguido un espectáculo que ni ella se esperaba.
Con una sonrisa torcida, siguió observando a Joana en la pantalla, quien aún sostenía las tijeras, y sus ojos se llenaron de una malicia oscura.
Los insultos en el lugar subieron de tono.
Alejandra ya estaba llorando.
Isidora intentaba explicar, pero solo lograba empeorar las cosas. La multitud no cedía.
Viendo que todo se salía de control, Lorena se escabulló y salió de la tienda antes de que la situación empeorara.
La mujer, aún en el centro del escándalo, lanzó una amenaza:
—Señorita Joana, discúlpese de una vez. No tengo tiempo para seguir aquí. Si sigues perdiendo el tiempo, no me hago responsable de lo que pueda pasar en tu tienda.

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