El semblante de Renata cambió de golpe y su voz se llenó de preocupación.
—Lisandro, ¿acaso esa mujer te obligó a hacer algo? ¿Dónde estás ahora? No tengas miedo, abuelita va a ir por ti en este mismo momento y te lleva de regreso a casa.
—Abuelita, estoy bien. Yo mismo regresé al país para buscar a mi mamá. Ahora estoy aquí, en casa. Fue por mi propia voluntad, no tiene nada que ver con mi mamá. Por favor, no la regañes, va a ponerse triste.
Renata sintió que la cabeza le daba vueltas.
—¿Qué dijiste? ¿En el país? ¿Cómo pudiste regresar solo? Seguro esa maldita te trajo a la fuerza, ¿verdad?
—Abuelita, te juro que no fue así… yo…
Lisandro dudó, su cara reflejaba el conflicto que llevaba por dentro.
Quería decir que el abuelo estaba involucrado, pero eso seguía siendo un secreto para su mamá. No podía soltarlo.
—Fui yo quien decidió regresar solo. Por favor, ya no regañes a mi mamá, me hace sentir mal.
—Lisandro, abuelita sabe que eres bueno y quieres proteger a tu mamá. Pero dime, ¿cómo un niño tan pequeño va a dejar la escuela y viajar en avión solo? Si no fue tu mamá, ¿entonces quién? ¿Acaso fue tu abuelo? ¿O fui yo? Díselo a tu mamá, ¡y si no te entregan, voy a llamar a la policía!
El rostro de Lisandro se puso pálido mientras escuchaba a Renata sospechar de todos. Miró a Joana, buscando ayuda, mientras sostenía el teléfono con manos temblorosas.
Joana, con toda la paz del mundo, le quitó el teléfono.
—Si quiere venir por él, que venga personalmente.
Sin añadir nada más, colgó la llamada de golpe.
No le dio oportunidad a Renata de seguir despotricando.
Renata, a punto de soltar otra grosería, solo escuchó el pitido cortante del teléfono. Al intentar volver a marcar, se dio cuenta de que la habían bloqueado.
—¡Joana, maldita sea! ¡Y yo que le di oportunidad! —Renata explotó, furiosa.
Joana, tras colgar, se fue directo a su cuarto.
Lisandro sintió que un escalofrío le recorría la espalda.
Mientras menos preguntaba su mamá, más miedo le daba.
Sin pensarlo, corrió a la pequeña oficina donde dormía temporalmente, sacó de su bolsillo el reloj infantil que tenía escondido y le marcó urgente a Simón.
Al ver a Tatiana, frunció el ceño.
Renata, sin ocultar el coraje, respondió:
—¡Por culpa de tu “adorada nuera”! Fue ella quien arregló la baja escolar de Lisandro y se lo llevó de regreso. ¿Qué pretende? ¿Quiere hacer lo que se le antoje?
—¿Quién te dijo que Joana fue quien trajo a Lisandro? —Simón arrugó más la frente.
—¡Le llamé a Joana! Lisandro estaba a su lado y lo admitió. Si no fuera porque Tatiana extrañaba a Lisandro y descubrió todo esto, yo seguiría sin saber nada. —Renata lo miró con resentimiento.— Tú también, ¿eh? Siendo su abuelo, ni una llamada te dignaste a hacer después de que se perdió el niño.
Simón soltó una risa incrédula y miró a Tatiana, molesto.
—¿No te dije que dejaras de meterte en los asuntos de la familia Rivas?
Tatiana se encogió y se escondió tras Renata.
—¿Por qué la regañas? ¡Tatiana solo quería ayudar! Si Dafne no estuviera con ella, seguro Joana también la hubiera llevado.
—¡Ya basta! Fui yo quien mandó traer personalmente a Lisandro.

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