Esther se quedó pasmada por un instante, pero esta vez no se marchó de inmediato como antes.
—Entonces, ¿me estás diciendo que el diseño que acabo de ver lo hiciste tú personalmente?
—¡Sí! ¡El boceto también lo hizo ella! —gritó Lorena, casi sin pensar.
Ya que Joana estaba dispuesta a ayudar, era obvio que quería quedarse con ese proyecto. Estaba segura de que Joana no lo negaría.
Joana le lanzó a Lorena una mirada cortante.
—No, yo jamás dibujé algo así.
El comentario cayó como un balde de agua helada. Lorena se quedó lívida, como si la hubieran abofeteado.
Esther arqueó las cejas y soltó una risa burlona.
—Qué pena, mi tiempo es demasiado valioso para perderlo viendo cómo se pelean entre ustedes.
Dicho esto, se dio la vuelta con la intención de irse.
Joana no la siguió. Tomó la hoja del diseño con mucha calma y dijo:
—Pero puedo modificarlo según tus gustos.
—Señorita Joana, tener confianza está bien —Esther se detuvo, soltando otra risita llena de desdén.
Al voltear, vio que Joana ya había agarrado el lápiz y empezaba a dibujar sobre el boceto.
La cola larga del vestido de novia, que llegaba hasta el piso, fue recortada de un solo trazo, quedando justo a la altura de la pantorrilla. A pesar del cambio, el diseño mantenía toda su elegancia.
Mientras Joana seguía modificando el dibujo, la expresión burlona de Esther fue transformándose poco a poco en una mirada de interés genuino.
Joana tenía ideas frescas y atrevidas, proponiendo mejoras inesperadas. Si el momento hubiera sido el adecuado, Esther hasta habría aplaudido.
En poco tiempo, Joana le entregó el nuevo diseño.
Esther lo tomó, intrigada.
—Bien, acepto seguir trabajando contigo, pero solo contigo. No quiero que nadie más meta mano en el diseño de mi vestido de novia. Además, quiero algo completamente nuevo, que no tenga nada que ver con este boceto.
Dejó el diseño sobre la mesa, tamborileando con los dedos, casi distraída.
Una vez que la semilla de la duda se siembra, es imposible evitar que brote.
—Perdón, señorita Esther, nos pasamos de la raya y le hicimos pasar un mal rato. Por nuestro error, le ofrecemos un veinte por ciento de descuento en su pedido —dijo Ramiro con seriedad, inclinándose en señal de disculpa.
Lorena se quedó atónita.
Jamás había visto a su tío inclinarse así para complacer a una clienta.
¿Quién demonios era esa mujer?
Esther curvó los labios en una mueca desdeñosa.
—¿Descuento? No hace falta, no estoy tan necesitada… Y tú…
Se detuvo unos segundos y miró fijamente a Lorena.
—¿Todavía no piensas disculparte por tu falta de respeto?
—¡Perdón! ¡Perdón, señorita Esther! Fui una insensata y le hice pasar un mal rato —se apresuró Lorena a pedirle disculpas, viendo el destello de advertencia en los ojos de Ramiro.

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