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Cuando el Anillo Cayó al Polvo romance Capítulo 440

Catalina no pudo más. Mezcla de emociones la sacudían, pero al final la rabia le ganó a la razón. Agarró una manzana y, sin pensarlo dos veces, la aventó con todas sus fuerzas.

—¡Desgraciado! ¡Ese es tu tío! ¿Cómo te atreves a hablarle así? Si tienes agallas, ¿por qué no te la agarras conmigo?

Catalina estaba tan sorprendida como furiosa. ¿Será que Arturo ya sabía lo que le había pedido a Héctor que hiciera? Pero aunque lo supiera, ¿qué? Al fin y al cabo, ella no creía que Arturo fuera capaz de pelearse con toda la familia solo por esa mujer. Si fuera así, años atrás no habría hecho todo lo posible para arrebatarle el lugar de heredero a su hermano mayor.

La manzana le pegó de lleno a Arturo en la mandíbula. En su piel pálida apareció de inmediato un moretón rojizo que saltaba a la vista.

Incluso a través de la pantalla, Joana notó que Catalina no había tenido piedad. Casi pudo sentir el dolor ajeno. No entendía el odio que Catalina sentía por Arturo. También tenía familia de sangre, pero el cariño que ella sentía por su propio hermano era mucho más evidente que el que esa mujer le mostraba a su hijo, que además estaba enfermo.

Joana se quedó viendo a Arturo, que se veía más solo que nunca. Sintió una punzada de compasión.

—Señora Catalina, si tuvo el valor de hacerlo, ¿por qué no lo admite? —Su voz sonó tranquila pero firme, como si cada palabra pesara una tonelada.

Catalina frunció el ceño, a punto de estallar.

—¿Y tú por qué te metes? ¿Quién te crees para andar escuchando conversaciones ajenas? ¿Acaso en tu casa nunca te enseñaron educación?

Sabía perfectamente que Joana era huérfana y lo usó para molestarla. Una simple chica sin ningún respaldo, metida en la familia Zambrano… solo le haría quedar en ridículo.

Arturo levantó la mirada. Sus ojos tenían un brillo oscuro, y su voz sonó como advertencia:

—Ya basta, mamá. Si no te vas ahora, te juro que hoy mismo Héctor va a hacer exactamente lo que te dije.

—¡Tú! —Catalina estaba tan enojada que el pecho le subía y bajaba con violencia. Sabía que si Arturo se atrevía a decir eso, era porque sí lo haría. Héctor no tenía manera de ganarle a alguien tan calculador y frío como él.

—Más te vale no olvidar lo que dijiste hoy.

Catalina salió dando un portazo.

El cuarto quedó en silencio. Joana se acercó más a la pantalla, igualita a un zorrito curioso, fijándose en la mandíbula lastimada de Arturo sin parpadear.

Tanto lo miró, que a Arturo se le hizo un nudo en la garganta.

—¿Qué pasa?

En ese momento, tal como ella dijo, la llamada se cortó sola.

Arturo salió de WhatsApp y, con movimientos rápidos, abrió la app para ver las cámaras de la entrada de su casa. Apenas terminó de sincronizar la imagen, su expresión se endureció al ver lo que pasaba afuera.

...

En el elevador, Joana ni se inmutó al ver que la llamada se cortó sola. Ya estaba acostumbrada.

Apenas salió, vio a una figura tambaleante agachada frente a la puerta. Frunció el ceño y encendió la luz del pasillo.

Fabián, que estaba tan borracho que apenas podía abrir los ojos, quedó encandilado por la luz. Se levantó con dificultad y, al ver a Joana, le brillaron los ojos de alegría.

—Joana… al fin llegaste. Te estuve esperando… mucho tiempo.

Trató de acercarse, pero en el intento casi se cae. En solo unos días, ese hombre que siempre cuidaba su imagen, ahora tenía la barba descuidada y una expresión de derrota en la cara.

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