Joana arrugó la frente.
—¿Qué haces aquí?
Fabián sintió una punzada en el pecho. Aun así, las palabras que salieron de su boca estaban llenas de inconformidad; murmuró, cabizbajo:
—¿Y por qué no podría venir? Sigues siendo mi esposa.
—Fabián, ¿cuántas veces tengo que repetírtelo? —Joana ya no tenía paciencia—. Estamos a punto de divorciarnos. Por favor, deja de usar ese tipo de excusas y deja de aparecer en mi vida. Lo único que nos une ahora son los niños. ¿Lo entiendes?
Ella pensaba que con el anuncio público junto a Arturo, Fabián por fin la dejaría en paz.
Ya se lo había dicho mil veces con todas sus letras, ¿por qué él seguía fingiendo que no entendía? ¿Por qué tenía que venir incluso hasta la puerta de su casa?
Joana sentía una carga enorme sobre los hombros.
Incluso llegó a pensar si no sería mejor buscar otro lugar donde vivir.
Fabián bajó la mirada, pero siguió insistiendo, tercamente:
—Todavía no hemos firmado el divorcio, sigues siendo mi esposa.
—¿Y eso qué significa? ¿Te vas a echar para atrás ahora? —Joana lo miró, llena de desconfianza.
Fabián esbozó una sonrisa amarga.
Jamás había querido divorciarse de Joana.
Desde el principio, fue ella quien lo había obligado a tomar una decisión.
Ahora, por fin lo entendía: Joana era la única que le importaba.
Solo pensar en una vida sin ella le hacía sentir que el pecho se le estrujaba.
El día que vio el anuncio de Joana y Arturo, sintió que el mundo se le venía abajo, como si cayera en un abismo sin fondo.
No podía seguir mintiéndose.
Aunque aún seguía fingiendo pérdida de memoria y lidiando con Tatiana, no podía evitar el deseo de ver a Joana, aunque tuviera que recurrir a este tipo de trucos tan bajos.
El corazón de Fabián latía con fuerza. Avanzó lentamente hacia ella.
Con la cabeza gacha, por la diferencia de altura, podía distinguir el leve temblor en las pestañas de Joana.
La piel de ella, tan clara y suave, sin una sola imperfección, lo tentaba a acariciarla. En el instante en que alzó la mano, Joana se apartó de manera cortante.
Fabián la fue acorralando poco a poco hasta dejarla contra la pared, sin escapatoria.
Joana lo miró impasible.
—¿Estás borracho?
Fabián bajó la vista y se fijó en las manos de Joana, apretadas junto a su pecho. Quiso tomar una, pero se contuvo.
—Solo tomé un poco. Puedo hacerme cargo de todo lo que digo.
—¿Ah, sí?
Antes de que Joana pudiera seguir hablando, una voz de hombre, grave y cargada de enojo, resonó en el pasillo desierto y silencioso.
El sobresalto fue instantáneo.
Fabián, molesto, giró sobre sí mismo, buscando el origen:
—¿Quién anda ahí haciendo el ridículo?
[Lo que se hace, se paga. Sr. Fabián, si se la pasa fastidiando a escondidas, no le extrañe que en los negocios la gente se burle de usted.]

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