El corazón de Tatiana dio un vuelco, pero de inmediato fingió una expresión de víctima herida:
—¿De qué estás hablando? ¿Ahora resulta que como no haces bien tu trabajo y te despido, vienes a inventar cosas para vengarte de mí?
La asistente la miró llena de impotencia, con los ojos a punto de romperse en llanto.
En realidad, había sido Tatiana quien la había obligado a contactar a toda esa bola de trolls en internet. Cuando las cosas se salieron de control, esos mismos le exigieron dinero a diario. Tatiana no solo se rehusó a pagarles, sino que la despidió y la dejó sola con una deuda enorme sobre los hombros.
Ayer mismo, uno de esos trolls se había vuelto loco y había conseguido su información, yendo directo a buscarla hasta su pueblo natal.
En casa solo estaban su hermana y su abuelita, quienes casi se mueren del susto.
Podía aguantar que la humillaran a ella, pero meterse con su familia era otra cosa. Eso no lo iba a permitir.
Decidida, la asistente acudió a la policía y denunció todos los delitos de Tatiana.
El caso ya no era menor: con el dinero que se manejaba en las redes, la policía no podía hacerse de la vista gorda.
—¡No es cierto! Tatiana, tú me prometiste que cuando me despidieras, me darías el dinero pendiente para saldar la deuda y que me fuera un tiempo lejos. Pero ha pasado tanto y ni veo el dinero, y esos tipos casi lastiman a mi familia —la asistente rompió en llanto, su voz ahogada por la rabia y el miedo.
La cara de Tatiana se torció de disgusto y respondió, soltando veneno:
—¿Ahora quieres culparme de lo que tú andas haciendo por fuera? ¡No inventes! Yo nunca te pedí nada más que tu trabajo, deja de querer sacarme dinero con tus mentiras. ¡Lárgate, no tengo nada que ver contigo!
Mientras hablaba, la empujó sin miramientos.
La asistente la miró con furia, los ojos encendidos de odio.
Tatiana, por su parte, no se inmutó. Recordaba que cuando despidió a la asistente, todo lo relacionado con los trolls se había hecho desde el celular del trabajo, el cual dejó en la empresa para que lo destruyeran.
Estaba convencida de que esa “tonta” no podría presentar ninguna prueba en su contra.
Pero Tatiana no explicaba nada, solo suplicaba como si eso bastara.
Fue la asistente quien, por fin, lo aclaró todo:
—Señor Fabián, yo era la asistente de Tatiana, seguro me recuerda. Ella fue la que me ordenó buscar trolls para meterse en la transmisión de Fábrica Nueva Tela, diciendo que la ropa era de mala calidad y esparciendo rumores sobre Joana y el director Agustín. Tatiana no soporta ver feliz a Joana. Ahora debe más de diez millones a los trolls. ¡Ella sí cometió delitos!
—¡Mientes! ¡Nunca te ordené nada de eso! —Tatiana forcejeó, furiosa, mientras su cara reflejaba el miedo de verse acorralada.
—¡Fabián, tienes que ayudarme! No le creas nada, ¡ella solo busca hundirme! Por favor, mándenla directo con la policía, yo soy inocente —insistió Tatiana, desesperada, aferrándose a Fabián como a una tabla de salvación.
La asistente no dudó. Sacó de su bolsillo un celular y reprodujo un video de la cámara de seguridad del salón de belleza.
El video mostraba a Tatiana y a la asistente planeando cómo arruinar la transmisión, con Paulina como testigo de cada palabra.
Tatiana había planeado todo, pero nunca imaginó que las cámaras la traicionarían justo ahora.

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