Al otro lado de la línea, el semblante de Valentín se ensombreció de inmediato. Su voz, tensa y grave, pareció salir entre dientes:
—¿Quieres morirte?
Al escuchar la amenaza que pesaba en el tono del hombre, Tatiana sintió que se le erizaba la piel. Se apresuró a explicar, tartamudeando:
—No, no es eso... Fabián no quiere a este niño, es decisión de él.
Al percibir el silencio del otro lado del celular, Tatiana no pudo evitar soltar una queja en su mente.
A ver, que vaya y se enfrente con Fabián si le sale tanto el valor. Cuando están juntos, actúan como hermanos que se llevan de maravilla, y ahora viene a jugar al duro conmigo.
Tatiana ya estaba harta de vivir bajo la sombra de otros y dejarse manipular.
Sobre todo de un tipo como Valentín, cambiante, retorcido y traicionero.
En realidad, ella había descubierto antes que nadie que estaba embarazada y pensaba aprovechar ese embarazo para darle la vuelta a la situación con Fabián. Pero Valentín, como si fuera un fantasma que no te deja en paz, también se enteró de su embarazo.
Desde que Fabián regresó al país, casi todas las influencias que Valentín había logrado en la empresa se esfumaron.
Así que empezó a tramar usar a ese bebé para engañar a Fabián, hacerlo creer que era suyo y que se convertiría en el heredero de sus acciones.
En cuanto a los gemelos, Valentín planeaba “deshacerse” de ellos en cuanto naciera su propio hijo, haciéndolos pasar por víctimas de algún “accidente”.
Tatiana sintió cómo en su interior se acumulaba un frío filo de odio.
Valentín era un inútil para los negocios, solo sabía recurrir a trucos sucios para conseguir lo que quería.
Sentía que estaba cubierta de mugre, como si algo pegajoso la envolviera y no pudiera quitárselo de encima.
No, eso no podía seguir así. ¡De ninguna manera!
Apretó el celular, y en sus ojos brilló una chispa de rencor.
—Linda, eres lista. Haz que él acepte ese niño. Sabes qué hacer.
De repente, la voz de Valentín se volvió suave y pegajosa, casi empalagosa, como una serpiente venenosa que se enrosca y no suelta.
Aunque estaban separados por la distancia, Tatiana no pudo evitar estremecerse un poco.
—Ya entendí.
Además, esa joyería se había puesto de moda en el país; los nuevos diseños de oro habían causado furor entre quienes buscaban algo elegante y diferente.
Incluso las señoras más adineradas y acostumbradas a las grandes marcas ahora pasaban por la tienda a ver qué había de nuevo.
—Señorita Joana, ¿puede esperar un momento? Nuestra jefa está haciendo un recorrido por la tienda.
La secretaria recibió el vestido con cortesía y la invitó a sentarse en el área de bebidas.
A Joana le venía perfecto, porque justo esa tienda de Lujo y Brillo la había visto varias veces en internet, y había varios modelos que le llamaban la atención.
Arturo le había dicho que su cuñada acababa de tener un bebé, así que pensó en comprar dos regalitos para la ocasión.
En la tienda había pulseritas de bebé y brazaletes de oro para adultos, todos con diseños elegantes y nada exagerados.
Joana agradeció la atención de la secretaria y preguntó con una sonrisa:
—¿Puedo dar una vuelta y ver las vitrinas?
—Por supuesto, adelante —contestó la secretaria, con un tono profesional y sin mucha emoción.

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