El gerente se inclinó con respeto y dijo:
—Señorita Violeta, no es mi intención faltarle al respeto. Tal vez aquí hay un malentendido que todavía no conocemos. Permítame llamar a Fabiana para que aclare todo. Si hay algún problema, lo resolvemos de frente.
Violeta agitó la mano con fastidio, sin ganas de escuchar más.
Tan pronto salió el gerente, Abelardo volvió a acercarse, pegajoso como siempre.
—Violeta, ¿ya viste? Se la pasan echándose la bolita porque quieren proteger a esa vendedora. ¡Tienes que ayudarme! ¡Tienes que poner orden aquí!
—Ya te escuché —contestó Violeta, sin ponerle mucha atención.
Por dentro, sentía una molestia creciente.
Si esta tienda no fuera de la familia Zambrano, ni de broma habría venido.
¿Desde cuándo cualquier vendedora se atrevía a faltarle el respeto a su gente? No, esto sí o sí tenía que arreglarse.
...
Mientras tanto, Fabiana, la vendedora a cargo de Joana, recibió el aviso de que el gerente la estaba llamando.
Joana, preocupada, se acercó:
—Déjame ir contigo a explicar todo.
Después de todo, todo ese problema había empezado por ella.
—No hace falta, señorita Joana. Ese tipo solo me tiene atravesada.
Desde que Fabiana llegó, se topó con Abelardo, quien no paró de lanzarle miradas feas y comentarios venenosos.
¿Qué le había hecho? Si no fuera porque el trabajo pagaba bien, ya habría mandado al carajo a ese tipo.
Si de plano no le quedaba de otra más que irse, antes de largarse le iba a decir unas cuantas verdades a ese modelo de pacotilla.
Joana, al ver la cara de Fabiana —como si fuera una mártir que iba directo al matadero—, sintió el peso de la preocupación sobre los hombros.
En ese momento, una voz interrumpió sus pensamientos:
—Señorita, su pedido llegó.
Al voltear, vio a un repartidor de chaqueta amarilla en la entrada, entregando un café con leche a una vendedora.
—Espera.
Joana se acercó rápidamente...
...
Abelardo se quedó pasmado, pensando que había oído mal:
—¿Violeta? ¿Por qué me hablas así? Si tú viste que...
—El que está haciendo el escándalo eres tú. Eres tú el que viene a molestar a un buen empleado sin razón —le contestó Violeta, ya cansada de su actitud.
Después, miró a Fabiana con una expresión mucho más suave:
—Fabiana, se nota que eres una persona tranquila. Si nadie te provocara, ¿te pondrías así?
Sí, definitivamente sí. Esa mirada de Fabiana, tan seria y con ese aire de que podría acabar con todo en un instante, le recordaba a alguien.
No se parecía tanto de cara, pero el porte, la energía... eso sí que era igual.
No pudo evitar que le gustara esa actitud.
Violeta, con los ojos brillando de interés y admiración, se acercó a Fabiana.
Fabiana sintió un escalofrío en la espalda.
¿Qué onda con esa mirada? ¿Qué se traía esta mujer?
Pero bueno, ya qué. Así tuviera que irse, no pensaba dejar que ese modelo de quinta saliera ganando.

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