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Cuando el Anillo Cayó al Polvo romance Capítulo 533

—Ja, claro, señorita Violeta, usted sí que sabe cómo manejar las cosas —dijo Fabiana, dejando escapar una risa burlona.

Un destello de alegría cruzó por los ojos de Violeta.

—Por supuesto que sí.

Abelardo se quedó pasmado.

¡Algo no cuadraba! ¡La forma en que Violeta miraba a esa maldita vendedora no era normal!

¡Era la misma mirada que le lanzó a él cuando empezó a interesarse por ella!

El sentido de urgencia de Abelardo se disparó. Se acercó y sujetó a Violeta, que cada vez se arrimaba más a Fabiana.

—Violeta, ¿por qué ahora te pones de su lado? ¿No habías dicho que ibas a ayudarme…?

Violeta, interrumpida, le lanzó una mirada fulminante.

—Abelardo, lo nuestro ya se acabó. Ese carro es el último detalle, así que mejor no me busques más.

Aunque Abelardo podía ser un fastidio, su historia era, sin duda, una de las más tristes que Violeta había escuchado. Por eso le regaló ese carro, como último acto de compasión.

La sonrisa servil de Abelardo se congeló. No podía creer lo que estaba escuchando.

¡Solo habían pasado tres días! ¿Ya se había aburrido de él?

—Violeta, dime en qué fallé, ¡puedo cambiar! ¡En serio!

Negándose a perder la posibilidad de una vida de lujo, Abelardo se arrodilló en pleno lugar y se aferró a la pierna de Violeta, suplicando como si le fuera la vida en ello.

—Violeta, ¿no prometiste que ibas a estar siempre para mí? ¡Nuestros votos apenas tienen dos días! ¿Cómo puedes ser tan cruel y dejarme así?

El espectáculo de Abelardo era digno de un Oscar, tanto que Fabiana no pudo evitar asombrarse.

—Vaya, este modelo sí que sabe fingir —pensó Fabiana, admirando la escena.

No era de extrañar que ese tipo de gente se llenara los bolsillos con facilidad. Todo era cuestión de habilidad para actuar.

Violeta, por su parte, ya estaba harta, pero no quería perder la compostura frente a la nueva persona que le interesaba, así que se obligó a controlar su genio.

—Comportate. Suéltame. Solo era un jueguito, nada más. Después te transfiero quinientos mil pesos.

Al escuchar eso, Abelardo aflojó un poco el agarre.

Pero cuando levantó la cabeza, sus ojos estaban llenos de lágrimas.

—¿Abelardo? ¿El señor Abelardo está aquí? ¡Traigo un pedido para usted!

Violeta estaba por firmar, pero se giró al escuchar la voz.

Abelardo bufó, molesto.

—¡Yo no pedí nada! ¡Seguro te equivocaste!

El repartidor revisó el ticket con detenimiento.

—¿Usted es Abelardo, cierto?

—Sí.

—¡Entonces es para usted! —El repartidor aclaró la garganta y gritó con voz chillona—: ¡Esto se lo mandó su princesita! Y me pidió que le leyera esto tal cual: “Amor, exprime a esa ricachona hasta el último peso. Bebé y yo estamos esperando tu buena noticia. Te amamos, besitos~”

[Comentario en redes sociales:

—¡No manches, qué descaro!

—Eso es tener el colmillo bien afilado.]

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