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Cuando el Anillo Cayó al Polvo romance Capítulo 560

Al pie de la montaña, cuatro sujetos hicieron trato con Juliana: uno entregó el dinero y otro jaló a la persona.

Juliana, que ya estaba al borde de los nervios, vio la forma bruta en que actuaban los hombres y les gritó:

—¡Con cuidado, carajo! ¡No la maltraten!

Los cuatro bajaron con rudeza a la mujer que cargaban sobre sus hombros.

Juliana, con su estatura pequeña—cuando estaba junto a Rosalía, ésta le sacaba casi una cabeza—, se sorprendió al ver que la mujer que traían, aunque flaca, era sólo un poco más alta que ella.

Sintió una ligera sospecha, como si algo no encajara, pero prefirió convencerse de que seguramente era cosa de la edad, de que ya no recordaba bien.

La familia Gálvez también llevaba rato esperando.

Apenas vieron a la novia cubierta con el velo rojo, se les iluminó la cara de felicidad.

Alguien se animó a levantar la tela para verla, pero Juliana se le adelantó, regañándolo:

—¿Tú eres el novio o qué? ¡Eso no se puede hasta la noche de bodas! Si lo haces, te quedas sin hijos para siempre, ¿eh?

El que iba a levantar el velo se asustó tanto que dio un paso atrás.

Nadie más se atrevió a tocar a la novia cubierta.

Todos sabían que Rosalía había sido llevada a la fuerza, así que lo hacían de mala gana, y en todo el trayecto nadie se animó a hablarle mucho.

Sólo Juliana iba pegada a su lado, hablando y hablando:

—Rosalía, manita, no me odies, de verdad. Cuando llegues con los Gálvez, te va a ir bien, te lo juro. Yo sólo quiero que no sufras en el pozo sin fondo de los Luján, ¿sabes? ¡Tienes que entender que lo hago por tu bien! Ya verás, allá sé obediente con tus suegros, atiende a tu esposo, y te van a tratar de maravilla.

Para ese momento, la mente de Joana comenzaba a aclararse.

Pero tenía la boca amordazada, las manos atadas y un velo rojo cubriéndole la cabeza. No podía ver hacia dónde la llevaban.

Sin embargo, por la voz, supo de inmediato que la mujer que no dejaba de hablar era la misma tía que un día antes había ido a convencer a Rosalía de casarse.

El corazón de Joana se hundió hasta el fondo.

Había creído demasiado en la bondad de la gente.

Tomaron el dinero, y aun así se lavaron las manos. ¡Qué poca madre!

Sintió cómo la arrastraban hasta una superficie de cemento.

—Raquel, no tienes nada que agradecerme, es mi deber como tía. Rosalía tuvo suerte de llegar a tu familia, y yo feliz de verla bien.

Decía palabras bonitas, pero ni de chiste soltó el sobre con el dinero.

Ella sólo había hecho de intermediaria para los Magdalena y recogido esos cincuenta mil. Cuando se dieran cuenta de la jugada, seguro irían a buscarla para que devolviera el dinero.

Pero para ese entonces, ella ya estaría bien lejos de ese pueblo.

Si ellos actuaban sin corazón, ¡que no le pidieran a ella actuar distinto!

Juliana miró de reojo a Rosalía entrando a la casa, haciendo sus propios cálculos.

Joana fue arrastrada a cruzar tres umbrales mientras los cohetes tronaban a lo loco.

Hasta que escuchó el rechinar de una puerta de madera abriéndose.

La sentaron en la cama.

Cristian, al ver a su tan ansiada esposa por fin frente a él, sonrió de oreja a oreja; la cicatriz en su cara se veía aún más aterradora.

—Rosalía, por fin eres mía.

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