—¿Hola? ¿Aquí es el Hospital Mar Azul Urbano? ¿Es la señorita Joana?
La voz de la enfermera al otro lado de la línea sonó cortante y profesional, como si el frío del hospital se filtrara por el teléfono.
Joana contuvo la respiración un instante, luchando por mantener la calma.
—Sí, soy yo. ¿En qué puedo ayudarle?
—Le hablo porque soy parte del personal del hospital. ¿Conoce a Fabián? Y junto con él, dos niños, gemelos, de unos cuatro o cinco años.
—Sí, los conozco.
Apenas terminó de responder, una extraña inquietud le recorrió el cuerpo. ¿Por qué un hospital llamaría a estas horas? ¿Había pasado algo grave?
La enfermera continuó, directa:
—Mire, sucede que tuvieron un accidente de carro. Unos vecinos los encontraron y los trajeron al hospital. Necesitamos que venga lo antes posible, hace falta que un familiar firme unos papeles y se encargue de atenderlos.
A Joana se le fue el color del rostro. Dafne y Lisandro, ¿tuvieron un accidente?
No podía entenderlo. Todo estaba bien, ¿cómo podían chocar así de repente? ¿Qué estaba haciendo Fabián? ¿En qué cabeza cabe poner en peligro a los niños de esa manera?
Sin perder tiempo, Joana tomó las llaves y salió disparada de la casa.
—Voy en camino, gracias —respondió con voz temblorosa.
...
Apenas llegó al hospital, Joana corrió directo a la zona de urgencias. Al abrir la puerta de la habitación, vio a la enfermera terminando de colgar un suero. Dafne y Lisandro estaban acostados en camas separadas, con la piel tan pálida que parecían de papel.
—Enfermera, ¿cómo están los niños? —preguntó, con el corazón en un hilo.
—No se preocupe, ya están fuera de peligro —explicó la enfermera, mirando hacia las camas—. El papá, Fabián, iba manejando demasiado rápido y perdió el control. Se estrellaron contra un árbol. Él sigue en la UCI, en la sala de al lado. Los niños... el hermano se lastimó el brazo al proteger a su hermana y tiene una fractura. La niña está mejor, solo tiene algunos raspones y el susto, pero nada grave.
Joana por fin pudo respirar con alivio. Por lo menos los niños estaban estables. Lo que le pasara a Fabián, a decir verdad, no le interesaba ni un poco. Todo esto era culpa suya por no cuidar a los niños como debía.

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