Al escuchar que Joana aceptó, los ojos de Dafne se humedecieron.
Había hecho tantas cosas que habían decepcionado a su mamá, y en el fondo temía que Joana ya no la cuidara como antes.
Pero para su sorpresa, su mamá aceptó de inmediato…
Joana estaba a punto de levantarse cuando Dafne, con miedo de que su mamá la dejara otra vez, la detuvo:
—Mamá, perdóname… no te vayas, ¿sí?
Dafne sujetó la mano de Joana, negándose a soltarla.
Joana se dio cuenta de que algo no andaba bien con Dafne, su cuerpo estaba ardiendo. Le tocó la frente y la temperatura era alarmante, como si tocara una plancha encendida.
Una punzada de dolor atravesó la mirada de Joana. Sin perder tiempo, retiró la mano y trató de calmar a Dafne. Luego salió del cuarto a buscar a una enfermera para pedir un parche para bajar la fiebre.
Después de colocarle el parche, por fin salió de la habitación para ir a prepararle un poco de avena con leche, algo nutritivo que pudiera tomar.
Por suerte, el hospital no quedaba lejos de casa y todavía quedaban ingredientes en el refrigerador.
Poco después, Joana regresó con un termo.
Acomodó la cama para que Dafne pudiera quedar semi sentada, con solo apretar un botón.
Dafne sintió la maniobra, pero el cuerpo no le respondía. Apenas si pudo abrir los ojos, recostada sin fuerzas en la cama, murmuró con debilidad:
—Mamá… quiero tomar avena con leche… la que tú preparas…
La fiebre la tenía atrapada en una especie de bucle, y apenas era capaz de balbucear su deseo de beber esa avena.
Joana la acarició y la animó:
—Te la traje, mi niña. Abre la boquita.
Al oír a Joana, Dafne obedeció y abrió la boca de par en par.
Mientras la avena entraba en su boca, Dafne sintió una paz profunda. Antes le parecía que su mamá siempre estaba encima de ella, preguntando sobre cada cosa: cuánto caminaba al día, qué comía, incluso hasta le contaba las veces que comía pastelitos.
Siempre le ponía límites, nunca la dejaba comer pastelitos como ella quería.
Su cabecita se movía de un lado a otro, intranquila en el sueño.
Joana sintió un remolino de emociones y, al final, murmuró:
—Duerme tranquila, aquí estoy contigo.
Las palabras de Joana parecieron calmar poco a poco a Dafne. Cuando se sintió un poco mejor, abrió los ojos lentamente.
Vio a Joana, apoyando la cabeza en la mano, con las ojeras marcadas. Algo se removió en el corazón de Dafne.
Sacó la mano de las cobijas y tomó con suavidad la mano de Joana, que descansaba al borde de la cama, y dijo en voz baja:
—Mamá… perdóname… hice muchas cosas mal… te dije cosas muy feas…
La pequeña, con ojos grandes y llenos de lágrimas, le pedía perdón una y otra vez.
Y con la enfermedad, su carita pálida y delicada la hacía verse aún más frágil y tierna, despertando una ternura imposible de ignorar.

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