—¡Ya basta!
Fabián se acercó a grandes zancadas hasta donde estaba Tatiana y la rodeó con sus brazos, su voz rebosaba preocupación.
—Tatiana, ¿estás bien?
—Estoy bien —respondió ella, su cara estaba pálida y su voz apenas se sostenía—. Fabián, por favor, no culpes a los niños. De verdad, no me pasó nada, todo fue por mi torpeza.
Dafne abrió los ojos como platos.
Con esas palabras, hasta un ciego sabría que el asunto tenía que ver con ellos.
Esa mujer era una experta en manipular la situación.
Dafne, con los ojos llenos de lágrimas, miró a Fabián.
—Papá, yo no la empujé, ya antes me habían acusado de algo que no hice. ¿Qué quieres que haga para que confíes en mí? Esa mujer es mala, solo viene a hacernos la vida imposible.
—¡Dafne, cállate de una vez! —Fabián la regañó con dureza, pero al mismo tiempo acomodó a Tatiana con delicadeza en el sofá, asegurándose de que estuviera cómoda.
Luego se enderezó y empezó a caminar hacia donde estaban Dafne y Lisandro.
Tatiana, recostada en el sofá y protegida por la espalda de Fabián, aprovechó que él no la veía para mostrar una sonrisa burlona.
Con todo el tiempo del mundo, observaba cómo Fabián se acercaba cada vez más a los niños, y todavía fingía abogar por ellos.
—Fabián, ¿qué piensas hacer? Son apenas unos niños, no saben lo que hacen, no seas tan duro con ellos.
Dafne y Lisandro se dieron cuenta de todo.
Cuando cruzaron miradas con Tatiana y vieron en sus ojos esa actitud de superioridad, sintieron cómo el ánimo se les venía al suelo.
Qué ingenuos habían sido.
Alguna vez pensaron que dejarla vivir en la casa sería buena idea.

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