Dafne sentía que si no terminaba de decir lo que llevaba dentro, después no podría ni hablar de tanto llorar.
Lisandro también miraba a Fabián con el ceño fruncido, su voz cargada de furia:
—Un tipo como tú no merece ser mi papá.
Cuando Tatiana escuchó la palabra “cámaras”, seguía mostrándose confiada, como si nada la pudiera tocar.
Justamente, ese rincón quedaba fuera del alcance de las cámaras.
—No soy tan ingenua como para inventar cosas sobre los niños y dejar pruebas tan obvias —pensó para sí Tatiana.
Fabián, por su parte, no quiso escuchar ni una palabra de explicación.
Ya venía de la calle con la cabeza hecha un nudo y, apenas llegó a su casa, ni siquiera le dieron un respiro.
Por más paciencia que hubiera tenido todo este tiempo, Fabián ya estaba en su límite.
Señaló con el dedo hacia las escaleras y tronó:
—¡Lárguense a sus cuartos! ¡No quiero verlos aquí! Cuando reconozcan sus errores podrán bajar a comer, mientras tanto, ni se asomen.
Su voz sonaba tan dura que era obvio que no estaba bromeando.
Dafne no aguantó más esa sensación de ser acusada injustamente. Tomó de la mano a Lisandro y, casi llorando, murmuró:
—Hermano, vamos a nuestro cuarto. Ya no quiero estar aquí, ni quiero ver a este papá.
Su llanto fue subiendo de intensidad, la rabia y la tristeza se mezclaban en sus palabras:
—Ya estuvo bueno de que me culpen de todo. Yo solo soy una niña, ¿por qué tengo que cargar con cosas que ni entiendo?
Lisandro la miró a los ojos, serio y firme, y le contestó:
—Tranquila, hermanita, no llores. Yo te creo. No vale la pena discutir con personas tan cerradas.
Mientras Dafne lo jalaba rumbo a las escaleras, él lanzó una mirada fulminante a Fabián.
—¿Pero qué fue lo que pasó?
Recordó la humillación que le hizo pasar Joana en el bar y, al regresar, encontró a los hijos de ella peleando con la persona que más quería. Ni le preguntó bien qué había pasado.
Tatiana empezó a contar lo sucedido, con voz suave y constante:
—Quise cocinar algo para los niños. Después de todo, pronto seré su madrastra y no quiero que me vean como una enemiga.
—Pensé en prepararles algo que a los niños les gusta —dijo, señalando el delantal que llevaba puesto—. Pero cuando le comenté a Dafne, ella reaccionó de mala gana, me empujó y me gritó que yo no tenía derecho a ocupar el lugar de su mamá…
Al final, la voz de Tatiana ya temblaba, como si estuviera a punto de romper en llanto.
El gesto de Fabián se endureció aún más. Apretó la mano que tenía sobre la de Tatiana.
—Con razón, son igual de problemáticos que su mamá —masculló con desprecio—. Eres demasiado buena, Tatiana. Mejor mantente lejos de esos niños, igual que su madre, no saben comportarse.
—Aun así, son niños, Fabián. Yo no puedo pelearme con ellos, menos ahora que llevo a tu bebé en mi vientre —Tatiana le cubrió la mano, logrando una sonrisa calmada—. Solo quiero tratarlos bien. Ojalá, algún día, ellos puedan querer también a nuestro hijo.

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