Cuando la puerta del cuarto se cerró, Lisandro por fin se atrevió a apartar la mano que cubría los ojos de Dafne.
En cuanto la soltó, se topó con la mirada de Dafne, sus ojos grandes y oscuros llenos de lágrimas.
A pesar de que ella también había tenido el cariño de su mamá, antes no lo supo valorar.
Y ahora, solo podía vivir bajo la autoridad de alguien más.
Todo eso, en el fondo, se lo había buscado ella misma.
Lisandro no aguantó más y también dejó que se le escaparan las lágrimas. Abrazó fuerte a su hermana y la consoló:
—No tengas miedo, hermanita. Yo voy a cuidarte. Ya no podemos seguir enfrentándonos a ella como antes.
El cuerpo pequeño de Dafne temblaba por el llanto.
—Esa mujer está loca. De veras, hace rato sí quería matarme.
Solo de recordarlo, a Dafne le recorría un escalofrío.
—Ya me di cuenta —analizó Lisandro, tratando de mantener la calma—. Justo por eso no debemos provocarla más. Ahorita nosotros llevamos todas las de perder.
Los dos niños, acurrucados uno junto al otro, empezaron a discutir sus siguientes pasos.
De pronto, Dafne recordó la mirada que Tatiana le había lanzado hacía un momento. Se acercó al oído de Lisandro y susurró:
—Hermano, yo creo que el bebé que esa mujer espera... ese niño no es de papá…
Sus ojos reflejaban una seriedad poco común en una niña tan pequeña.
Porque sí, esa mujer había reaccionado como si le hubieran descubierto la mentira, como si le hubiesen dado justo donde más le dolía.
Ya ni siquiera se atrevía a hablar mal de ella en voz alta, por miedo a que los oyera.
Era una completa loca.
Lisandro pensaba exactamente igual.
Después de todo, si había algo capaz de hacer perder el control a esa mala mujer, tenía que ser porque era verdad.
—El problema es que nosotros todavía estamos muy chicos —murmuró Dafne, bajando la cabeza—. No podemos hacer nada y ahora hasta nos tienen encerrados. No hay manera de contactar a mamá, nadie puede ayudarnos.
—Sí hay alguien —aseguró Lisandro, con firmeza—. Todavía está papá.

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