—Sí que eres avispada para tu edad —comentó Arturo mientras le pellizcaba suavemente la mejilla a Carolina.
Ella, molesta, le apartó la mano de un manotazo.
—Tío, ya no soy una niña, deja de pellizcarme la cara, dicen que si lo haces mucho me voy a volver distraída.
Arturo, al ver la expresión seria y decidida de la niña, no pudo evitar soltar una carcajada.
—Está bien, está bien. Si esta noche me ayudas a acercarme a la señorita bonita, yo te invito todos los dulces que quieras.
Carolina se dio un golpecito en el pecho, decidida.
...
Mesa Secreta.
Enzo, al enterarse de que Arturo iba a llegar con Carolina, ya tenía lista la mejor sala privada para ellos.
Cuando llegaron, Enzo salió a recibirlos con entusiasmo.
Levantó a Carolina en brazos de inmediato.
—¡Ay, Carolina! Ya te extrañaba, ¿no extrañas a tu tío?
—¡Tío! ¡Tu barba raspa! —Carolina frunció la carita y empujó la cara de Enzo que se acercaba a darle un beso—. Tío, cálmate tantito, yo nada más vine a comer.
Enzo, con ganas de fastidiarla, no la soltó de inmediato.
—¿Cómo crees? Si ayer me rasuré, tócala, ya no raspa.
Carolina estaba al borde del llanto, los ojos le brillaban llenos de súplica, buscando la ayuda de Arturo.
Arturo le lanzó a Enzo una mirada seria, indicándole que ya le bajara.
Solo entonces, Enzo, a regañadientes, puso a Carolina de nuevo en el suelo.
En cuanto sus pies tocaron la alfombra, la niña corrió a refugiarse detrás de Arturo, mirándolo a él con ojos acusadores.
Enzo se frotó la nariz, como si nada.
—Oye, primo, ¿cuándo llega tu novia?

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