Fabián se recompuso, y en sus ojos brilló una determinación inquebrantable.
Prefería creer en lo que veía y sentía, antes que en las palabras de los demás.
Salió del despacho con paso firme, sin mirar atrás.
…
Cuando Andrés entró cargando unos papeles y vio el desorden que reinaba en la oficina, se quedó pasmado.
—¿Pero qué pasó aquí?
No podía dejar de preguntarse qué le había ocurrido al Sr. Fabián.
…
En el estacionamiento subterráneo.
Fabián se sentó en su carro, buscó el contacto de Joana y le mandó un mensaje para pedirle que se vieran.
Como era de esperarse, apareció un ícono rojo de exclamación.
Ni hacía falta pensarlo: el teléfono también debía estar bloqueado.
Probó con otro número.
Poco después, la voz tranquila de Joana sonó al otro lado del auricular:
—¿Hola? ¿Quién habla?
Al ver la llamada de un número desconocido, Joana pensó que podía tratarse de algo urgente, así que contestó.
Pero después de contestar, nadie dijo nada.
Joana frunció las cejas, impaciente.
—¿Bueno? Si no hablas, voy a colgar. Seguro te equivocaste de número.
—Soy yo.
Justo cuando estaba por colgar, una voz masculina, inconfundible, la interrumpió.
—¿Fabián? —le salió sin pensarlo.
—Sí, soy yo —respondió él, y al escuchar a Joana decir su nombre con tanta claridad, algo dentro de él se iluminó.
Pero Joana se mostró aún más distante:
—Sr. Fabián, ya estamos divorciados. No me busque para molestarme, por favor. No sea que su prometida vaya a malinterpretar.
Fabián sintió el pecho apretado.
Pero su intuición le decía que había algo raro, que tenía que estar equivocado respecto a Joana.
Tenía que saber la verdad, porque las imágenes fugaces en su cabeza parecían indicar que él no quería ese divorcio.
—Quiero verte, necesito hablar contigo —dijo Fabián, con un tono que dejaba ver su urgencia.

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