—Hoy te pedí que vinieras porque quiero platicar contigo sobre... nosotros, sobre el pasado —Fabián titubeó al decir la segunda parte, sintiéndose torpe y fuera de lugar.
Joana no pudo evitar soltar una carcajada incrédula.
—¿Fabián, estás bromeando o qué? ¿Te has escuchado siquiera? No perdiste la cabeza, solo la memoria. Si sigues así, mejor ve con un neurólogo.
El descaro de Fabián la tenía a punto de explotar.
Ella había llegado convencida de que Fabián la había citado para hablar sobre los niños. Pero al verlo, se dio cuenta de que solo quería divertirse a su costa.
Fabián sintió que la molestia le recorría el cuerpo tras escuchar las palabras de Joana.
Se frotó el entrecejo, cansado.
—Joana, ¿no podríamos platicar tranquilos, como personas civilizadas?
—No —Joana se puso de pie, firme y sin vacilar—. Pensé que este encuentro era por los niños. Ahora veo que sigues igual que siempre, te gusta jugar con la gente. Si es así, ya no hay nada que hablar entre nosotros.
Se le vino a la mente el calvario que vivió para conseguir el divorcio, solo para que Fabián cambiara de opinión una y otra vez. Ahora que al fin estaba libre, ¿quería manipularla usando a sus hijos?
¡Ni en sueños!
Al ver que Joana se marchaba, Fabián se apresuró a alcanzarla, sintiendo el corazón en la garganta.
—¡Espera! De verdad tengo algo importante que decirte, es sobre los niños. ¿Podemos sentarnos a platicar bien?
Fabián la sujetó del brazo, mirándola con una sinceridad poco habitual en él.
Pero a Joana no le importó el gesto.
—Suéltame —le lanzó con una mirada de desprecio, clavando los ojos en la mano que la sujetaba. Ahora, cada vez que él la tocaba, lo único que sentía era repulsión.
—No te suelto —insistió Fabián—. Solo quiero que platiquemos bien.
Joana forzó una sonrisa sarcástica.

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