Pero Alicia murmuró entre dientes:
—No puede ser que esté molesta solo por llevarse el segundo lugar, ¿no? ¿Entonces yo qué hago? ¡Si yo quedé en tercero!
En el fondo, ¿personas como ella tendrían que desaparecer de la faz de la tierra?
Joana, que entendió perfectamente la indirecta de Alicia, le dio una palmada en el hombro:
—No te claves, enfócate en lo tuyo.
Tras decir eso, Joana tomó su trofeo y el diploma y bajó del escenario.
Alicia, sin embargo, se quedó mirando la espalda de Joana largo rato, sin poder reaccionar.
...
Joana bajó del escenario y, por primera vez, Paulina perdió su compostura habitual:
—¡Joana, de verdad eres increíble! ¡Te veías súper segura allá arriba!
Al ver los ojos brillosos de Paulina, Joana se sintió un poco apenada:
—¿Y tú por qué tan emocionada? ¿Dónde quedó tu serenidad de siempre?
Paulina ignoró sus palabras y, convertida ya en su fan número uno, se pegó a Joana:
—Déjame ayudarte con el trofeo, no te vayas a cansar.
Joana no sabía si reír o llorar ante la actitud de Paulina.
Alzó la vista y se encontró de frente con los ojos grises de Arturo.
Antes de que Joana pudiera decir algo, Arturo dio un paso largo hasta quedar frente a ella. Sin dudar, la atrajo hacia su pecho con un solo movimiento.
Joana intentó empujarlo, pero ni se movió.
Sintió de inmediato los suspiros de Paulina y Ezequiel a su lado.
Por dentro, Joana no sabía dónde meterse; la cara se le encendió como si la hubiera bañado el sol de mediodía.
Con voz baja, murmuró:
—Aquí hay un montón de gente, ¿qué haces abrazándome?
Arturo, con su mentón recargado en el hueco del cuello de Joana, le susurró al oído:
—No me importa, quiero abrazar a Joana.
Toda la luz que Joana había desprendido sobre el escenario, Arturo la había visto. El solo hecho de que tantos pudieran admirarla le revolvía el estómago de celos.
Después de todo, Joana todavía no le había dado una respuesta definitiva.
Percibiendo la inseguridad de Arturo, Joana le dio unas palmadas suaves en la espalda, susurrándole para calmarlo:
—Si hay algo que te preocupe, lo platicamos después, ¿sí? Lo que sea, podemos resolverlo juntos.
Su voz se quebraba por los nervios.
El policía continuó:
—Si es usted la señora Irene, no hay error. Acompáñenos, por favor.
Sin más, intentaron escoltarla hacia la patrulla.
La escena atrajo la atención de muchos.
El barullo de las sirenas, justo en pleno Festival Nacional, no pasó desapercibido.
Varios reporteros que seguían en el recinto, atentos al cierre del evento, alzaron sus cámaras en cuanto vieron el movimiento.
Al notar que los policías hablaban en serio, Irene perdió la compostura.
—Oigan, oficiales, ¿no estarán confundidos de persona?
Hasta ese momento, Irene no tenía ni idea de qué se le acusaba. ¿Por qué la buscaban de forma tan directa?
Además, ¿cómo era posible que no hubiera recibido ni una sola advertencia al respecto?
Buscó su celular; al encenderlo, se dio cuenta de que había estado apagado todo ese tiempo.
El policía, ya impaciente, la miró de arriba abajo:
—Ya lo dije: si usted es Irene, no hay error. Hay una denuncia en internet, se le acusa de robar los diseños de otra persona y de haber orillado a una diseñadora a quitarse la vida. Necesitamos que coopere con la investigación.

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