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Cuando el Anillo Cayó al Polvo romance Capítulo 781

—¿Tienes algún chiste bueno que contar? —preguntó Arturo sin entender a qué se refería Joana.

Joana sacó su celular y le mostró ese mensaje a Arturo.

Al terminar de leerlo, la mirada de Arturo se volvió más intensa.

Joana seguía sentada en la silla, comiendo como si nada.

Su reacción ante todo aquello era sorprendentemente tranquila.

Arturo, con total naturalidad, le sirvió a Joana un poco de su platillo favorito.

—¿Y tú qué piensas? ¿Vas a ir?

Joana se quedó quieta, el tenedor suspendido en el aire.

Arturo se dio cuenta, suponiendo que Joana seguía hecha un lío por dentro.

—Si decides ir, yo te acompaño —aventó Arturo, dejando claro su postura.

Él ya había notado que, en el fondo, Joana sí quería ir.

Después de todo, la última frase del mensaje de Tatiana era una amenaza descarada usando a los niños.

Arturo también sabía, desde siempre, que Joana nunca sería capaz de dejar a sus dos hijos.

Al final de cuentas, ellos eran su sangre.

Joana levantó la mirada, claramente sorprendida.

—Arturo, ¿hablas en serio?

—Por supuesto —contestó Arturo, colocando el camarón pelado en el plato de Joana—. Sé que tampoco puedes dejar de pensar en tus hijos. Déjame ayudarte a tomar esa decisión.

Joana se encontró con los ojos grises de Arturo y sintió una calidez reconfortante en el pecho.

No sintió que Arturo se estuviera metiendo en donde no debía; al contrario, agradeció que él pudiera ver a través de sus dudas.

Así, ya no tenía que desgastarse decidiendo.

—Gracias —le salió decirle, sin pensarlo.

Arturo se quedó callado un instante.

—¿Por qué me das las gracias? Esto es lo menos que puedo hacer.

Joana se sintió en paz.

Con Arturo a su lado, ya no había tantas cosas por las cuales preocuparse.

Era cierto, los niños siempre eran lo más difícil de dejar ir.

Y para colmo, aún eran pequeños; si Tatiana llegaba a hacerles algo, Joana seguro no tendría paz.

Por eso necesitaba ir ella misma, para estar tranquila.

Isidora murmuró:

—Con esa familia Rivas, que es peor que los tiburones, no me quedo nada tranquila dejando que vayas sola.

—Ay, en la fiesta va a haber un montón de gente —Joana rodeó a Isidora, dándole unas palmaditas en el hombro—. Ese día no estaré en el estudio, así que te encargo todo.

—¡No te preocupes! —dijo Isidora, dándose palmadas en el pecho—. Yo me encargo de todo, te lo prometo.

Joana pellizcó su mejilla con cariño.

—Por supuesto que confío en ti.

Al voltear, se topó con la mirada preocupada de Paulina.

—¿De verdad no quieres que te acompañe?

Paulina seguía sin poder quitarse la preocupación.

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