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Cuando el Anillo Cayó al Polvo romance Capítulo 784

Al oír el nombre de Joana, Dafne levantó la cabeza de golpe, con los ojos llenos de esperanza.

¿Mamá va a venir?

¿De verdad?

¿Acaso mamá vendrá a llevarse a ella y a su hermano?

Lisandro también alzó la vista hacia Tatiana, con la misma ilusión brillando en sus ojos.

Dos rostros parecidos, dos pares de cejas y ojos que se parecían tanto, se giraron al mismo tiempo hacia Tatiana.

Tatiana los miró con una sonrisa suave, los ojos llenos de una calidez fingida.

Esa mirada hizo que Dafne y Lisandro se miraran entre sí y, casi sin querer, retrocedieran un paso.

No sabían por qué, pero sentían que las palabras de Tatiana escondían algo más. No podían confiar plenamente en ella.

Pero en ese momento, ninguno de los dos podía ver a Joana. Ni siquiera Fabián les creía cuando hablaban.

Ahora estaban completamente a merced de las circunstancias.

No tenían más opción que aferrarse a lo que Tatiana les decía.

Lisandro se puso delante de su hermana, mirándola con determinación, sin apartar la vista de Tatiana.

Ella, ante sus miradas llenas de desconfianza, ni se inmutó.

Lo único que le interesaba era que la boda de ese día saliera perfecta.

—Así es, Joana también está aquí —Tatiana les habló despacio, con voz suave, como tentándolos—. Si quieren verla, solo tienen que hacerme caso. Les prometo que podrán verla.

—¿De verdad? —preguntó Dafne, con sus grandes ojos brillando, sus manitas apretando con fuerza la falda de su vestido.

—¿Tienen otra opción aparte de confiar en mí? —Tatiana soltó la pregunta, directa.

Dafne y Lisandro se quedaron en silencio.

Se miraron, y en sus ojos se reflejaba la misma resignación.

Tatiana tenía razón.

No les quedaba otra salida.

Al final, Lisandro bajó la cabeza primero.

—Está bien. ¿Qué quieres que hagamos?

Tatiana sonrió satisfecha, con esa media sonrisa tan suya.

—Así me gustan, niños obedientes.

...

Salón de fiestas.

—Nomás de pensarlo se pone emocionante.

Los rumores no tardaron en multiplicarse.

Todos los comentarios giraban en torno a Joana y Arturo.

Pero a Joana no le afectaba en lo más mínimo.

Con la mirada inquieta, recorría el salón, buscando a sus dos hijos.

Ya era tarde. ¿Por qué no aparecían los niños?

Pensando en eso, Joana apretó con fuerza el pequeño bolso que llevaba en la mano.

En su rostro, perfectamente maquillado, se dibujó una sombra de preocupación.

Arturo, al notar cómo Joana parecía perdida, le habló con suavidad:

—Joana, ¿quieres que te ayude? Ezequiel ya entró, puede echarte una mano para buscar a los niños.

Arturo sabía perfectamente qué buscaba Joana.

Pero ella negó con la cabeza, sin dudar.

—Mejor no. Vamos a ver cómo se dan las cosas. Al final de cuentas, esta es la boda de otra persona. No podemos hacer un escándalo aquí.

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