Joana apretó el celular con tanta fuerza que sentía el corazón encogido, palpitando con angustia.
Afuera, el alboroto se hacía más intenso. Entre el ruido, se colaban voces de hombres, susurros cargados de intenciones torcidas.
—Mira nada más, parece que sí es aquí.
—Sí, ya escuché algo adentro.
—Esa voz suena tan dulce... a saber qué tanto nos espera.
—Ya cállate, bro, yo ya estoy que no aguanto.
—Esta vez el jefe sí se lució. Una chava tan guapa y nos la dejó en bandeja.
Joana tragó saliva, paralizada por unos segundos. Escuchando aquellas palabras, entendió de inmediato lo que buscaban. Ya no era una niña, sabía exactamente a lo que se referían esos tipos.
Apretó los puños con rabia. No le cabía duda: esta vez, Tatiana quería verla destruirse en plena boda, hacerla pasar la peor vergüenza posible.
Sin perder tiempo, empujó muebles y cajas hacia la ventana, tratando de bloquearla. No encendió la luz; así, al menos, confundía a los de afuera. Pero la falda larga del vestido de gala le estorbaba. Chasqueó la lengua, y —rasg—, sin dudarlo, arrancó la parte inferior del vestido con ambas manos.
...
Afuera, los tipos forcejeaban con la ventana, pero algo la bloqueaba.
Joana sintió la presión aumentar. Los hombres empujaban con fuerza y, aunque luchó por mantener el mueble en su lugar, el peso y la fuerza la vencieron. La ventana cedió de golpe, y ella cayó sentada hacia atrás, arrastrada por la inercia.
Dos tipos saltaron dentro sin cuidado. Joana los miró de frente, la voz tan cortante como una navaja.
—¡No se atrevan! Mi amigo está abajo, en el salón. Si se enteran de lo que hacen, lo menos que les va a pasar es acabar en la cárcel.
El jefe se rio, burlón.
—¿Y a mí qué? Si voy a caer, que sea por una mujer así. Hasta siendo fantasma, seguiré disfrutando.
La luz de la luna iluminó el cuarto, permitiendo al líder ver bien el rostro de Joana. Por un instante, se quedó sin palabras, sorprendido por su belleza.

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