Ezequiel dudó por un momento, pero al final decidió contarle todo a Arturo.
Arturo sostenía una copa de vino, mezclándose entre la gente de la alta sociedad, fingiendo interés en sus pláticas insulsas.
Aunque su expresión mostraba lo poco que le importaba, nadie se atrevía a contradecirlo.
Después de todo, el apellido Zambrano pesaba demasiado en ese lugar.
De reojo, Arturo notó la presencia de Ezequiel.
En ese instante, le soltó a los demás:
—Disculpen, me retiro un momento.
Sin dar más explicaciones, se alejó a paso firme, dejando atrás a un grupo de empresarios que valían millones, viéndose entre sí sin saber qué hacer.
Arturo llegó hasta Ezequiel y se plantó frente a él.
—¿Dónde está Joana?
En cuanto escuchó la pregunta, Ezequiel agachó la cabeza, listo para aceptar cualquier castigo.
—Perdón, jefe... la perdí de vista...
Los ojos de Arturo se volvieron como cuchillas.
—¿Me lo repites?
Ezequiel bajó aún más la cabeza, encogiéndose como un pollito, pero aun así se obligó a hablar:
—Unos meseros me detuvieron y cuando por fin reaccioné, la señorita Joana ya no estaba. Revisé todos los cuartos cercanos, pero no la encontré por ningún lado.
Apretó los puños, preparándose para la tormenta que se venía encima.
Pero pasaron varios segundos y Arturo no dijo nada.
Ezequiel, incómodo, se atrevió a alzar la vista. Se topó con la mirada oscura y amenazante de Arturo; su ceño estaba tan fruncido que parecía que la noche se había hecho más densa.
En ese instante, Ezequiel bajó la cabeza de nuevo, más rápido que un rayo.
Arturo soltó con voz cortante:
—Ya que sabes que la regaste, ¿qué esperas para arreglarlo?
Dirigiéndose a Fabián, que seguía en el escenario atendiendo a los invitados, Arturo gritó:
—Si no aparece Joana, mejor cancela tu boda de una vez.
Ezequiel se hizo el firme propósito de encontrar a Joana cueste lo que cueste.
—No se preocupe, jefe. Voy a hacer todo lo posible para encontrar a la señorita Joana.
Encendió la linterna del teléfono y miró a su alrededor: parecía un pequeño cuarto de almacenamiento.
El espacio era reducido, lleno de cajas y cachivaches.
Ahora entendía por qué la mesera la había llevado dando tantas vueltas hasta ese rincón.
El corazón de Joana latía con fuerza.
Por lógica, Ezequiel ya debía haber dado con su paradero.
¿Por qué, después de tanto tiempo, no había señales de que la estuvieran buscando?
La desconfianza empezó a colarse en su mente.
Ahora solo le quedaba inspeccionar bien el cuarto, buscar el interruptor y ver si acaso encontraba algún rincón donde la señal del celular fuera mejor para enviarle un mensaje a Arturo.
Después de un rato buscando, finalmente se dio cuenta de que el interruptor estaba tapado por unas cajas.
Por eso no lo había podido encontrar antes.
Justo cuando estaba por estirar el brazo para mover las cajas, escuchó un ruido raro en la ventana.
Sintió un escalofrío y, con el corazón apretado, clavó la mirada en la ventana.
—¿Quién... quién anda ahí?

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