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Cuando el Anillo Cayó al Polvo romance Capítulo 803

—¡No, no! ¡No estoy de acuerdo! —Los ojos de Tatiana estaban llenos de incredulidad. Había luchado tanto, ¿y al final esto era lo que le tocaba?

Todo esto, seguro era culpa de Joana.

¡No podía ser que su plan fallara así!

Pero Renata ya no aguantaba más. Golpeó su pierna y soltó:

—¡Cállate de una vez! ¿Qué te pasa, niña? ¿No te basta con hacer el ridículo? Si te atreviste a hacer eso en plena boda, ¿entonces de qué más no serías capaz?

Renata, con un tono amenazante, giró hacia Fabián:

—¡Escúchame bien, Fabián! ¡Tal como dijo tu papá: si te atreves a traer a esa mujer a esta familia, te olvidas de que tienes madre!

La situación había llegado a tal extremo que la boda ya era imposible de continuar.

Y aun así, nadie quería irse; todos querían ver hasta dónde llegaba el escándalo.

Los periodistas estaban desatados. Los flashes de las cámaras no paraban ni un segundo.

Un chisme así, de esos que solo se ven una vez en la vida.

Y más todavía, cuando todo giraba en torno a una actriz famosa y el presidente de una gran empresa.

El día de la boda, la novia, a espaldas del novio, se había enredado apasionadamente con el primo de él en el camerino.

[¡Se viene tendencia!]

Simón sentía el alma hecha pedazos. Al final, soltó las manos de los dos niños, subió al escenario y, con voz sincera, se dirigió a todos:

—Gracias a todos por haber venido a la fiesta. Les pido disculpas por hacerlos perder su tiempo. Ahora, la familia Rivas tiene que resolver unos asuntos familiares, así que lamentamos no poder atenderlos como se merecen. Más adelante, la familia Rivas irá personalmente a disculparse con cada uno. Por favor, les pido que salgan en orden. ¡Gracias!

Dicho esto, Simón se inclinó profundamente.

Fabián seguía parado ahí, como si lo hubiera alcanzado un rayo.

Miraba a Tatiana, que lloraba tirada en el piso. No podía entender en qué momento la Tati buena y dulce de sus recuerdos se había convertido en alguien capaz de mentir y engañar así.

Los invitados, al escuchar a Simón, decidieron irse sin hacer más escándalo. Nadie quería saber demasiado sobre dramas de familias poderosas.

Poco a poco, todos fueron saliendo.

Solo quedaron Joana y Arturo, junto con los miembros de la familia Rivas.

En ese momento, los dos niños vieron a Joana y corrieron emocionados hacia ella.

Arturo, observando la escena, sintió que algo se movía en lo más profundo de su pecho.

En ese silencio, lo único que seguía sonando de fondo era el audio incómodo que aún se escuchaba desde la pantalla.

El silencio no duró mucho.

Renata, tapándose el pecho, gritó:

—¡¿Y el encargado?! ¡Que le apaguen eso ya!

Arturo sacó su celular y, sin mostrar emoción, le mandó un mensaje a Ezequiel.

Solo entonces la computadora volvió a estar bajo control.

El audio, que hacía ruborizar a cualquiera, desapareció en un segundo.

El lugar quedó en silencio total.

Simón, desde el escenario, miró a Hugo y, apretando los dientes, soltó:

—¡Hermano, más vale que tu hijo Valentín me dé una explicación!

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