Tatiana rechinó los dientes y abrió los ojos de par en par, mirando a Abril con una furia tan intensa que parecía querer devorarla viva.
Por dentro maldecía: esa tipa debió haber terminado lejos, en algún rincón perdido de Myanmar, como Fabián había sugerido antes.
Si lo hubiera hecho, ahora no estaría aquí para arruinarle el momento y ponerla de malas.
—Te… quiero… ver… fuera de aquí —escupió Tatiana, palabra por palabra, aunque su voz era tan débil que más bien parecía un intento de cosquillas. Nada amenazante.
Abril arqueó una ceja, indiferente ante la amenaza de Tatiana.
—Ya, bájale al show, que aquí no está el señor Fabián para salvarte —le soltó con desdén.
Luego, la mirada de Abril se deslizó hacia el vientre de Tatiana.
—Mira, mira, qué milagro que ese bebé siga vivo ahí dentro. Pero, la verdad, ¿de quién será ese niño, eh? El día de la boda con ese video y la voz de nuestra querida señorita Tatiana sonando por todo el salón… de veras, qué suerte la mía de presenciarlo todo.
El color se le fue del rostro a Tatiana.
—¡Eres una desgraciada! Si sigues diciendo estupideces, te juro que te arranco la boca. Aunque esté en la ruina, sigo siendo la esposa de Fabián. Ya nos casamos, así que no te toca venir aquí a presumir nada.
—Cuando me recupere, lo primero que haré será pedirle a Fabián que te saque de mi camino —reviró, apretando los dientes.
Abril se quedó callada un segundo, luego soltó una carcajada, como si hubiera escuchado el chisme más gracioso del año.
Se acercó sin temor y le dio un par de palmadas en la mejilla pálida a Tatiana.
—Bájale, mi Tatiana. Mejor despierta, porque la familia Rivas jamás va a aceptar a una como tú, después de lo que pasó.
Luego, Abril se acercó aún más y, muy despacio, murmuró al oído de Tatiana:
—Una cualquiera.
Esas palabras entraron como cuchillos, una tras otra, perforando los oídos de Tatiana. Por más que intentara negarlo, la realidad la golpeaba de frente.
¿Por qué todo se vino abajo? ¿Acaso el destino estaba empeñado en negarle la felicidad?
Mientras se ahogaba en sus pensamientos, la puerta del cuarto se abrió de nuevo. El sonido de los tacones retumbó en el piso.
Tatiana sintió que algo en su cabeza se rompía. Las palabras de Abril todavía le daban vueltas. Ya no podía más. Como si la hubieran picado con una aguja, agarró la almohada y la lanzó con todas sus fuerzas hacia la puerta, gritando con el alma:
—¡Lárgate! ¡No te quiero ver! ¡Fuera de aquí!
La almohada cayó al piso, y Tatiana se quedó congelada.
Frente a ella, parado en la entrada, estaba Fabián, con una expresión impasible y una mirada dura que la atravesaba.
La rabia de Tatiana se desvaneció y fue reemplazada por una ola de pánico.
—Yo… Fabián, perdón, no fue mi intención —balbuceó, temblando—. ¿Te lastimé? No era para ti, de verdad, pensé… pensé que eras otra persona…

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