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Cuando el Anillo Cayó al Polvo romance Capítulo 823

Aunque la boda no se llevó a cabo como debía, ¿y eso qué?

¡Ante la ley, ella ya era la señora Rivas!

...

Mientras tanto, en otro sitio.

—¿Qué dijiste? ¿Ese mocoso volvió a buscarte? —soltó Catalina, incapaz de ocultar su molestia.

—Así es —respondió Héctor, con una voz que ya no tenía ni ganas de discutir—. Hermana, te lo ruego, ya no me metas en este tipo de broncas. De verdad, ya no puedo con esto.

La empresa de la familia Soto nunca tuvo una base tan sólida; si la comparabas con la familia Zambrano, era como querer mover una montaña a punta de empujones.

Y con Arturo pisando los talones cada dos por tres, buscándole las cosquillas o poniéndole trabas a propósito, la cosa solo había empeorado.

Ni aunque fuera un mago, Héctor podría salvar la empresa familiar en ese estado.

Catalina, sin embargo, no pensaba rendirse.

—Ya te lo dije antes: ¡No pienso quedarme cruzada de brazos viendo cómo esa zorra de Joana termina casándose con un Zambrano!

Héctor escuchaba a Catalina, pero en el fondo ya no sentía nada. Se había vuelto insensible ante los delirios de su hermana.

Si las cosas seguían así, quizá lo mejor sería poner distancia con su familia y dejar de involucrarse con Catalina.

Con el ánimo por los suelos, Héctor habló firme:

—Hermana, ya no puedo ayudarte. Así de simple. Lo que pase con Joana ya no es asunto mío.

La última jugada de Arturo había dejado a la empresa con pérdidas millonarias.

Héctor lo veía claro: ese chavo, Arturo, seguramente ya había descubierto algo.

De otra manera, no habría sido tan certero para bloquearle uno de los proyectos más grandes que tenía en el extranjero.

Y ese negocio, nada menos, podía haberle traído al Grupo Soto más de mil millones de pesos.

Si tan solo no se hubiera metido a fastidiar a Joana...

En ese momento, Héctor se sintió más arrepentido que nunca.

Catalina, sin embargo, seguía aferrada:

—¡Héctor, soy tu hermana!

Dado eso, solo le quedaba poner sus esperanzas en Violeta Prieto.

Si Violeta sentía algo por Arturo, entonces que se casara con él. ¡Cualquier cosa era mejor que dejar entrar a Joana en la familia!

...

Ezequiel llegó con unos documentos y tocó la puerta de la oficina de Arturo.

Cuando escuchó el permiso para pasar, abrió la puerta y entró.

Dejó los papeles sobre el escritorio.

—Jefe, aquí están los informes sobre el bloqueo al proyecto extranjero de la familia Soto. Revíselo cuando pueda.

Arturo levantó la mirada, apenas mostrando interés.

—¿Alguna reacción de la familia Soto?

Sabía que su tío ya estaba al tanto de todo.

—Ninguna en especial —respondió Ezequiel, extrañado—. Su tío Héctor al principio sí se enojó, pero cuando descubrió que fuimos nosotros, no dijo nada más. Da la impresión de que ya esperaba que esto pasara.

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