Esa coordinación tan natural, ¿de verdad era posible encontrarla en un estudio de trabajo como este?
Enzo no podía evitar sorprenderse. ¿Cómo había hecho Joana para reunir a un grupo de empleados tan llenos de vida?
¡Definitivamente necesitaba que le dieran clases!
En cuanto Joana y los demás abrieron la puerta, se encontraron con Enzo parado ahí, con la cara de quien no entendía nada.
Joana se quedó en silencio.
—¿Y este por qué apareció de pronto?
Paulina se detuvo en seco, y sin pensarlo se hizo hacia atrás, intentando esconderse entre la gente. Por dentro solo repetía: “Si no me ve, todo bien, que se vaya rápido”.
Joana tomó la iniciativa y preguntó:
—Sr. Enzo, ¿qué lo trae por aquí?
—Ah, vine a ver cómo está el... ejem, ¿están en una reunión? —reviró Enzo, aún sin reponerse de la sorpresa que acababa de llevarse.
Joana sintió que Enzo había entendido todo mal.
Pero aun así, contestó con seriedad:
—Sí, estamos discutiendo el futuro del estudio y hacia dónde queremos ir. Sr. Enzo, ¿qué lo trae por aquí?
Joana no pudo evitar repetir la pregunta.
Enzo levantó las cejas.
—Vine en nombre de mi primo. Dice que ya llevó a los dos niños a comer a mi restaurante, pero como tu celular está apagado, vine a avisarte.
Al escuchar eso, Joana sacó su celular del bolsillo y notó que estaba sin batería.
Siempre que tenía reuniones, acostumbraba poner el celular en silencio, así que ni cuenta se dio de que se había apagado.
—Entendido, gracias por avisar, Sr. Enzo.
Mientras platicaba con Enzo, notó que él tenía la cabeza en otro lado.
Incluso se asomaba, estirando el cuello para mirar detrás de todos, buscando claramente a alguien.
Isidora se acercó sin hacer ruido y se puso justo a espaldas de Enzo.
—Sr. Enzo, ¿anda buscando a Paulina?
—Pues sí, ¿cómo supiste…? —Enzo volteó y se topó con la cara de Isidora llena de curiosidad, así que se tragó lo que iba a decir y de repente cambió de tema—: Los grillos asados también están ricos, es un platillo nuevo en el restaurante, ja ja ja…
Eso explicaba por qué Arturo no vino personalmente a buscarla.
Resulta que alguien se ofreció de voluntario.
Enzo se rascó la cabeza.
—Solo vine a buscarte, de paso quería ver si el estudio sigue igual, y la Srita. Paulina… bueno, admiro mucho su capacidad para los negocios, por eso quiero aprenderle más.
Joana ya no quiso seguirle el juego con sus excusas.
Las cosas entre esos dos eran asunto suyo; el resto mejor ni se metía.
Joana volteó hacia Paulina.
—Paulina, gracias por tu esfuerzo estos días. En la tarde puedes tomarte medio día libre, no vaya a ser que alguien se desespere esperándote.
Esas palabras, con doble intención, hicieron que las orejas de Paulina se pusieran rojas.
—Joana, no hace falta, no quiero dejar tirado el trabajo.
Isidora intervino para salvarla:
—Paulina, no seas tan aplicada, mejor ve a descansar un rato.

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