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Cuando el Anillo Cayó al Polvo romance Capítulo 828

Enzo pensó para sí mismo, sorprendido de lo bien que Isidora manejaba las situaciones.

Cuando por fin lograra reconquistar a Paulina y llegara el día de su boda, tenía clarísimo que Isidora tenía que sentarse en la mesa principal.

¡Qué buena onda!

Paulina también se cruzó con la mirada afirmativa de Joana y asintió, aceptando la propuesta.

Notaba perfectamente que tanto Joana como Isidora estaban intentando empujarla de nuevo hacia Enzo.

Pero había cosas que solo ella podía enfrentar por sí misma.

Paulina miró a Enzo y, con un suspiro resignado, aventó:

—¿No venías a buscar a Joana para llevarla a tu restaurante?

—Pues no, en realidad solo vine a avisar —contestó Enzo, tan campante.

Paulina simplemente se quedó callada.

Al ver la cara de Enzo, que aunque guapo, tenía cierto aire de adolescente intenso, sintió un revoltijo de emociones imposible de describir.

Por más que ella había sido clara con él, Enzo seguía sin querer soltarla.

Joana, entendiendo la situación, intervino:

—Ya te escuché, Enzo. Voy a ir al restaurante, Paulina, no te preocupes por mí. Tú pásala bien.

Con esas palabras, Paulina ya no supo qué más decir.

No le quedó de otra que acercarse a Enzo, bajar la voz y soltarle:

—Vámonos.

Los ojos de Enzo se iluminaron de inmediato.

Desde que Paulina se puso a su lado, él no dejó de mirarla, como si el mundo entero desapareciera y solo existiera ella.

Paulina, incómoda por la situación, murmuró:

—Mejor vámonos ya.

Sentía encima todas las miradas curiosas de sus compañeros.

Aunque no era nada del otro mundo, por alguna razón se le hacía incómodo.

Enzo, sin pensarlo mucho, la siguió para salir de ahí.

...

Pensando en eso, dudó un rato, pero al final eligió el asiento de adelante.

Cuando Enzo la vio tomar el asiento de copiloto, se le notó cómo la incomodidad que traía encima se le fue quitando poco a poco. Hasta la voz le sonaba más animada:

—Hoy me dieron la tarde libre, ¿hay algún lugar donde quieras ir? Puedo acompañarte a donde tú quieras.

—Quiero ir a casa.

La respuesta, seca y directa, le cayó a Enzo como un balde de agua helada, de esos que te dejan temblando.

—Oye, ¿por qué eres tan mala onda conmigo? —reviró Enzo, apretando los dientes.

Paulina, con la mano apretando el cinturón de seguridad, dejó caer las pestañas y murmuró:

—Siento que ya no hay nada que hablar entre nosotros. Ya te dije todo lo que tenía que decirte.

Lo demás dependía de si Enzo le creía o no.

Los ojos de Enzo perdieron el brillo, y su voz salió apenas audible:

—¿Y lo nuestro qué?

No encendió el carro. Simplemente se giró para mirarla de frente, dejando en claro la tristeza y el vacío que sentía.

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