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Cuando el Anillo Cayó al Polvo romance Capítulo 829

Al ver la reacción, en los ojos de Paulina se asomó una pizca de desconcierto.

No se esperaba esa faceta de Enzo, y la tomó por sorpresa.

A veces, ella sentía que Enzo y Rico tenían algo en común.

Recordó cómo, cuando jugaba con los antojos de Rico y no le daba, él la miraba con esos ojos enormes, llenos de brillo, como si el mundo se le fuera a acabar.

Cada vez que veía esa mirada, el corazón de Paulina se derretía sin remedio.

Ahora, viendo esa misma expresión en el rostro de Enzo, le resultó tan natural como si siempre hubiera sido así.

De inmediato desvió la mirada, apretó la mano sobre sus piernas y, tras unos segundos de lucha interna, por fin se atrevió a hablar:

—Ya te lo he dicho muchas veces. Eres un señor de familia acomodada, dueño de un restaurante y todo. Entre nosotros no puede haber nada. Yo no estoy a tu altura.

Cada vez que Enzo la miraba de esa manera, Paulina sentía ganas de desaparecer.

Como un animalito herido, solo quería esconderse en un rincón y lamerse las heridas lejos de todos.

Enzo estuvo a punto de soltarle que esa era una excusa para tapar lo del “otro” con el que lo había visto, pero al ver a Paulina con la mirada baja, derrotada, las palabras se le atoraron en la garganta.

—¿De verdad crees que los sentimientos se miden por eso de si uno merece o no merece al otro?

Paulina, sorprendida, levantó la cabeza de golpe.

Por un momento, Enzo se mostró más serio que nunca. La miró directo, con una intensidad que no dejó espacio a dudas, y habló con voz profunda:

—Paulina, ¿qué idea tienes de mí? ¿En serio piensas que me importan esas cosas de las que hablas? ¿Que me fijo en las diferencias de clase o en si eres suficiente para mí?

—Para mí, gustar es gustar y punto. No hay más vueltas que darle. Si alguien me gusta, me gusta y ya. Yo nunca me ando con rodeos. Lo único que importa es aprovechar el momento. Jamás me detengo pensando en lo que fue o lo que vendrá.

Paulina seguía sentada en el asiento del copiloto, como si el tiempo se hubiera detenido. No encontraba palabras. Jamás le había tocado ver a Enzo tan firme, tan convencido.

En el restaurante, él solía bromear y armar alboroto como si nada le preocupara.

Hasta las señoras más duras terminaban rendidas ante su actitud.

Pero ahora, tan serio, le aceleró el latido del corazón sin que ella pudiera evitarlo.

Ni siquiera se dio cuenta de lo que provocaba en ella.

En el roce, Enzo sintió que una chispa le recorría todo el cuerpo.

Se obligó a apretar los puños para no dejarse llevar, y después de un momento se separó apenas, mirándola fijamente, con la voz ronca y baja:

—Si no me crees, te lo voy a demostrar.

...

Mientras tanto.

En la casa de los Rivas, la familia estaba sentada a la mesa cuando el señor Aníbal volvió a sacar el tema del embarazo de Tatiana.

Apenas lo mencionó, todos se quedaron serios.

Fabián sintió incomodidad de inmediato.

Las miradas de todos estaban fijas en él.

Por más que quisiera fingir que no pasaba nada, la verdad es que sería imposible.

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