Después de decir esas palabras, Mauricio agitó la mano y se despidió de Joana con seriedad.
El semblante de Joana se volvió un poco más serio.
—No se preocupe, profe Mauricio, ¡voy a lograrlo! —afirmó con convicción.
Cuando Mauricio se alejó, Sabrina no pudo evitar comentar:
—Es la primera vez que veo al profe Mauricio tan serio con una participante. De verdad te tiene muchísima estima.
—No voy a defraudarlo —respondió Joana con la misma seriedad.
Ella también se daba cuenta de que Mauricio la trataba de una manera especial. Por eso, valoraba aún más esa confianza y estaba decidida a estar a la altura.
Su meta estaba clara: hacer que Estudio Renacer creciera y se consolidara.
Los ojos de Joana brillaban con una determinación inquebrantable.
Arturo se acercó y se paró junto a Joana. Los dos quedaron hombro a hombro, sin necesidad de palabras. A veces, el silencio dice más que cualquier conversación.
...
El grupo llegó al restaurante de mariscos.
Joana y Arturo se sentaron juntos, uno al lado del otro. Ezequiel miró alrededor y, al ver que sólo quedaba el asiento junto a Isidora, no le quedó más remedio que acomodarse a su lado.
Joana y Arturo intercambiaron una mirada y ambos captaron la chispa cómplice en los ojos del otro.
Joana se inclinó hacia Arturo y le susurró:
—Un día de estos, ¿por qué no tanteas a Ezequiel a ver qué piensa?
Arturo, al ver el brillo curioso en los ojos de Joana, no pudo ocultar su sonrisa.
—Claro que sí, yo también quiero saber qué onda con eso —contestó, divertido.
—¿De verdad? ¡No lo esperaba! —exclamó Joana, sorprendida.
Arturo siempre se mostraba distante y poco interesado en esos temas. A simple vista, tenía toda la pinta del jefe serio y reservado que no se mete en la vida privada de sus empleados. ¿Cuándo había mostrado interés por algo así?
Arturo mantuvo la compostura:
—Por supuesto. Al final, es mi empleado. ¿No es normal que me interese por su vida personal?
—¡Ay, así nunca vas a terminar! Cuando todos ya hayan acabado, tú apenas vas a empezar con el primer plato.
Ezequiel la miró, parpadeando, con aire inocente.
—¿Y entonces cómo se supone que hay que comer camarones?
Por supuesto, no se atrevió a decir la segunda parte de su pensamiento: “¿Tengo que comer como tú, casi tragando todo de un bocado?” Intuía que si lo decía, Isidora se molestaría.
Isidora, sin perder la paciencia, comenzó a enseñarle cómo pelar camarones y cangrejos rápido. Hasta le explicó qué partes sabían mejor.
Ezequiel, lejos de mejorar, siguió con movimientos cada vez más pausados, como si lo hiciera a propósito.
A los ojos de Isidora, eso era desesperante.
—¡Oye, qué alumno más lento me tocó! Así cómo vas a ser el secretario de don Arturo Zambrano —le tiró, medio en broma, medio en serio.
El rubor subió a las mejillas de Ezequiel. Justo cuando iba a replicar, Isidora puso frente a él un tazón lleno de camarones que ella misma había pelado.
—Ándale, come, come. Ya que hoy me tocó ser tu maestra, lo mínimo que puedo hacer es consentir a mi alumno.
Ezequiel se quedó callado, mirando el tazón de camarones con una expresión extraña. El color en sus mejillas seguía ahí, como si el gesto de Isidora lo hubiera desarmado por completo.

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