Cuando Priscilla Vega cayó desde los arneses de rodaje, Renzo Sandoval estaba organizando una fiesta de bienvenida y cumpleaños para su amiga de la infancia en un club nocturno.
Esa noche las bebidas fueron por cuenta de la casa, la factura alcanzó cientos de miles de pesos y la noticia estaba por todas partes. Todo el mundo pensaba que pronto harían oficial su relación.
Lo primero que Priscilla escuchó al despertar fue la voz del doctor: «Estás embarazada».
Sus hombros lucían delgados y el brazo que asomaba por fuera de la sábana tenía una piel radiante, tan suave y hermosa que le daba un aire de fragilidad, como si fuera de cristal.
Desvió la mirada de su celular y, tras un momento, como si apenas procesara las palabras del doctor, su primera reacción fue:
—¿Puedo interrumpirlo?
Recordó cómo él, durante sus días seguros, nunca usaba protección. La intensidad y la fuerza con la que la tomaba siempre la dejaban con las piernas temblando. Una vez le preguntó qué pasaría si quedaba embarazada, y él, con total frialdad y desapego, le respondió que simplemente se desharían de él.
Lo había dicho con tanta ligereza, como si hablara de salir a cenar, que a Priscilla se le encogió el corazón de solo recordarlo.
El médico, de apellido Soria, llevaba unas gafas de montura dorada que lo hacían ver aún más elegante y profesional.
—Con tu tipo de cuerpo, si lo interrumpes, será muy difícil que vuelvas a quedar embarazada —explicó el Dr. Soria.
Hizo una pausa y lanzó una pregunta algo atrevida:
—¿Y el padre del bebé?
La insinuación era clara: le sugería que lo discutiera con él.
Priscilla apretó ligeramente las manos, dudó un segundo, pero finalmente tomó el celular y llamó a Renzo.
La primera vez, no contestó.
La segunda vez, tampoco.
Al tercer intento, una voz femenina, dulce y clara, respondió del otro lado de la línea.
—¿Hola? ¿A quién buscas?
Esa voz le resultaba extrañamente familiar. Priscilla recordaba haberla escuchado cuando Renzo contestaba el teléfono; la mirada de él siempre se suavizaba, mostrando una paciencia infinita con la chica al otro lado.
—Busco a Renzo.
—¿Renzo? Se está bañando, no puede contestar. Llámalo más tarde.
La voz de la chica sonaba un poco ronca, con una pereza encantadora, casi como si acabaran de hacer el amor.
Priscilla sintió un dolor sordo en el pecho que le cortó la respiración. Tomó aire profundamente, pero sus ojos se humedecieron sin remedio.
—Es mejor que no te alteres demasiado durante el embarazo —dijo, ofreciéndole un pañuelo de papel.
Priscilla le dio las gracias y secó sus lágrimas.
Cuando volvió a levantar la cabeza, cualquier rastro de llanto había desaparecido de su mirada.
—Dr. Soria, no quiero a este bebé. ¿Podemos hacer el procedimiento ahora mismo?
Antes de que el médico pudiera responder, el teléfono de Priscilla sonó de nuevo. Esta vez era el director Carlos Estrada.
Primero le preguntó cómo estaba con mucha amabilidad y le dijo que descansara bien, ya que, después de todo, el accidente ocurrió en su set.
Pero enseguida cambió de tono:
—Me temo que tendremos que cambiar de actriz para tu personaje. No me lo tomes a mal, pero hay mucha gente en esta producción que necesita comer. Tu papel es muy importante y, sinceramente, no podemos esperarte.
Priscilla apretó el teléfono con desesperación.
—Director Estrada, estoy bien. ¡En diez días puedo volver al set!
El personaje de Priscilla era el de la antagonista secundaria, una mujer de apariencia dulce pero con una mente perversa y retorcida; un perfil muy codiciado en la industria actual. Lo más importante era que Priscilla amaba ese papel. Se había preparado muchísimo y jamás se quejó, ni siquiera cuando tuvo que repetir las escenas de acción con arneses una y otra vez.

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