Al notar el tono de auxilio en la voz de Belén, Tobías no dudó ni un segundo en responder:
—Aquí estoy, mi amor. ¿Qué pasa?
Su reacción fue tan rápida que la asesora de ventas, que apenas iba a contestar, se quedó con las palabras en la boca.
Al escuchar la voz de Tobías al otro lado de la cortina, el rostro de Belén ardió de vergüenza. Apretando los dientes, le confesó:
—El cierre de este vestido está en la espalda y se atoró. No alcanzo a bajarlo. ¿Podrías decirle a la señorita que entre a ayudarme?
Esta vez la vendedora sí la escuchó y estaba a punto de ofrecerse, pero Tobías volvió a adelantarse. Sin pedir permiso, separó un poco la pesada cortina y se coló dentro del probador con agilidad felina.
La empleada se quedó afuera, un poco desconcertada, pero por pura prudencia decidió alejarse un par de pasos.
Al fin y al cabo, era el esposo ayudando a su mujer con un cierre. Era la cosa más normal del mundo, ¿no?
Dentro del probador, Belén estaba de espaldas a la entrada. Al escuchar los pasos, bajó los brazos que tenía torcidos intentando alcanzar la cremallera y suspiró aliviada.
—Muchas gracias —murmuró, convencida de que quien había entrado era la empleada.
Tobías dio un paso al frente. Sus dedos, cálidos y firmes, rozaron la piel desnuda de la espalda de Belén, provocándole un escalofrío inmediato.
Con un tirón suave y preciso, bajó la cremallera hasta el final. La acción dejó expuesta la delicada y perfecta curvatura de su espalda.
Al ver esa piel de porcelana frente a sus ojos, Tobías sintió que la sangre le hervía, como si una hoguera se hubiera encendido de golpe en sus venas.
Belén, ajena a la tormenta que acababa de desatar, volvió a hablar:
—Gracias de nuevo.
Se inclinó ligeramente hacia adelante y dejó que el pesado vestido cayera al suelo, liberando su cuerpo.
Al darse la vuelta para buscar su ropa, se quedó congelada al ver que no era la vendedora quien estaba ahí... era Tobías.
Belén intentó zafarse, pero esos leves forcejeos solo sirvieron para echarle más leña al fuego de la pasión que consumía a Tobías.
Él sentía que estaba a punto de estallar en llamas.
Bajó la mirada y notó que hasta la punta de las orejas de Belén estaban teñidas de un rojo carmesí.
Completamente nublado por el deseo, Tobías levantó una mano, le sujetó el mentón con delicadeza, se inclinó y capturó sus labios con voracidad.
Belén abrió los ojos de par en par, totalmente sorprendida.
Tobías siempre sabía exactamente cómo cortocircuitar su razón. Sus labios parecían tener una especie de magia oscura; apenas hacían contacto con los de ella, una descarga eléctrica le recorría la espina dorsal.
Esta vez, a diferencia del pasado, Belén no intentó rechazarlo.
Poco a poco, dejó que sus brazos se relajaran y, con lentitud, deslizó las manos hasta descansar sobre los anchos hombros de Tobías.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: De Esposa Desechable a Cirujana Renacida
Faltan muchos capitulos y a los que hay les falta parte del texto. Asi es imposible. Te gastas dinero para leer u te toman el pelo....