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De Esposa Desechable a Cirujana Renacida romance Capítulo 1208

Belén tampoco había esperado que Pilar se quedara con ella todo el tiempo. Al escuchar que debía irse, respondió con un tono de alivio.

—Está bien, no te preocupes.

Pilar se acomodó en su asiento, lista para arrancar, pero de pronto recordó algo. Giró la cabeza hacia Belén y le dijo.

—Perdóname, de verdad intenté hacer entrar en razón a mi hermano, pero no pude.

Belén le regaló una sonrisa llena de ternura mientras agitaba la mano para despedirse.

—Lo que pase entre él y yo no tiene nada que ver contigo. Ve a tus clases, estaré bien.

Pilar sentía un peso de culpa en el pecho, pero comprendía que las palabras ya no servían de nada en ese punto. Suspiró y finalmente arrancó el vehículo.

Belén ingresó al hospital y se dirigió directamente al departamento de hematología.

Como ya conocía el lugar a la perfección, no tardó en encontrar la habitación de Hugo.

Al entrar, lo encontró recostado contra el respaldo de la cama, recibiendo suero por vía intravenosa, mientras deslizaba distraídamente la pantalla de su celular.

Verlo en esa actitud tan serena, intentando aparentar normalidad, solo hizo que a Belén se le encogiera más el corazón.

Conocía bien a Hugo; él solía guardarse todo el dolor para sí mismo. Aunque por fuera mostraba una calma inquebrantable, por dentro su mundo seguramente ya estaba hecho pedazos.

—Hugo —lo llamó suavemente, acercándose a la cama.

Al escuchar esa voz que tanto anhelaba, Hugo levantó la mirada de inmediato.

A pesar de haber pasado pocos días sin verse, lucía demacrado y había perdido peso de manera alarmante.

En el momento en que sus ojos se encontraron, Belén sintió un nudo en la garganta y las lágrimas amenazaron con desbordarse.

Notando que estaba a punto de llorar, Hugo le dedicó una sonrisa tranquilizadora y preguntó.

—¿Qué pasa? ¿Algo te preocupa?

Belén apretó los labios, sacudió la cabeza y respondió.

—No, nada.

Hugo, por supuesto, sabía exactamente qué era lo que la atormentaba, pero decidió fingir ignorancia.

Al ver que había llegado sin compañía, la curiosidad lo invadió.

—¿Viniste sola? ¿Y Tobías? ¿No vino contigo?

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