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De esposa sustituta a la obsesión del CEO romance Capítulo 354

Las campanas continuaron escuchándose mientras Victoria sostenía la mano de Camille y observaba durante un instante su reflejo, consciente de que faltaban apenas unos minutos para salir hacia la ceremonia. Mathis permanecía cerca de la puerta, preparado para correr en cuanto alguien le diera permiso, mientras Regina seguía conversando en voz baja con el integrante de seguridad que había llamado poco antes.

—¿Ya podemos irnos? —preguntó Mathis, asomándose otra vez—. Papá preguntó si mamá viene.

Camille frunció el ceño y respondió con la paciencia exagerada de quien se consideraba mucho más madura que su hermano.

—Tiene que aprender a esperar.

—Pero se va a preocupar.

—Se está casando. Obviamente está preocupado.

Victoria terminó riéndose y acarició el cabello de ambos antes de dirigir la mirada hacia Regina, quien acababa de despedir al hombre de seguridad. La expresión de su suegra seguía seria, aunque ya no tenía la misma tensión que minutos atrás.

—¿Qué dijeron?

—El vehículo se retiró y no encontraron una amenaza concreta. Revisarán cámaras y placas, pero seguridad considera que podemos continuar.

Victoria asintió sin dudar. No permitiría que un automóvil estacionado fuera suficiente para decidir si debía esconderse, porque había esperado demasiado para llegar hasta ese momento y estaba cansada de que cada amenaza transformara sus decisiones en una reacción frente al miedo.

La puerta volvió a abrirse y apareció Isabel, quien se detuvo apenas la vio completamente vestida. Durante unos segundos pareció buscar palabras, y Victoria reconoció esa expresión demasiado bien porque su madre siempre encontraba una manera de relacionar cualquier momento importante con Fernanda.

—Te ves… —comenzó Isabel mientras levantaba una mano para acomodar una parte del velo—. Fernanda habría…

Se interrumpió ella misma antes de terminar.

Victoria no respondió enseguida. Durante años, cualquier conversación terminaba de alguna manera regresando a su hermana: si Victoria elegía un vestido, Fernanda habría escogido otro; si trabajaba demasiado, Fernanda habría sabido equilibrarlo; si se marchaba, debía recordar cuánto había sufrido Fernanda. Por eso aquella interrupción, aparentemente pequeña, significaba más de lo que Isabel probablemente entendía.

—No importa —añadió su madre—. No debería haber empezado esa frase.

—Gracias.

Isabel levantó los ojos y la observó de una manera distinta, como si también ella estuviera aprendiendo a mirar a la hija que durante demasiado tiempo consideró la más fuerte y, por lo tanto, la menos necesitada.

—Estás hermosa, Victoria. Tú. No necesito compararte con nadie para verlo.

Aquellas palabras no reparaban años de omisiones, pero aun así consiguieron conmoverla porque Victoria ya no necesitaba que su madre corrigiera toda una vida en una mañana. Le bastaba con descubrir que empezaba a reconocer dónde había fallado.

Mathis volvió a asomarse con evidente impaciencia.

—Ahora sí tenemos que irnos. Papá debe pensar que cambiaste de opinión.

—Tu padre sobrevivirá cinco minutos más —respondió Regina.

—No parece.

Camille negó con una seriedad que hizo sonreír a Victoria.

—Los hombres siempre creen que todo tiene que ocurrir cuando ellos quieren.

Regina levantó una ceja.

—Esa niña aprende rápido.

Victoria soltó una carcajada y tomó las manos de los niños. El miedo continuaba allí, detrás de la seguridad, de los vehículos y de las llamadas que nadie quería recibir, pero no era lo único que existía; también estaban Camille, Mathis y todas aquellas personas que, después de tantos errores, habían terminado formando una familia alrededor de ella.

Adrián llevaba varios minutos observando la entrada de la iglesia y cada vez que alguien se acercaba levantaba la mirada con demasiada rapidez. El responsable de seguridad se había comunicado tres veces para asegurarle que todo continuaba bajo control, pero ninguna explicación lograba reducir del todo la tensión que sentía.

Había imaginado aquella ceremonia tantas veces durante las últimas semanas que debería haber sabido exactamente qué sentir; sin embargo, cuando las puertas finalmente se abrieron y Victoria apareció acompañada por Camille y Mathis, dejó de escuchar incluso al hombre que estaba hablando a su lado.

Permaneció inmóvil mientras la veía avanzar.

Recordó a la mujer que años atrás esperaba sola en aquella casa mientras él corría hacia hospitales, reuniones o cualquier lugar donde Fernanda necesitara algo; recordó cenas que no llegó a compartir, llamadas ignoradas y ocasiones en las que Victoria había organizado su vida alrededor de él mientras él apenas preguntaba qué necesitaba ella.

La mujer que avanzaba hacia el altar no era aquella esposa silenciosa. Había construido una carrera, enfrentado a su familia, sobrevivido a Daniel, elegido a dos hijos y estaba esperando otro mientras se negaba a permitir que su miedo la convirtiera nuevamente en alguien que debía obedecer. Y aun así venía hacia él, no porque tuviera que hacerlo, sino porque quería.

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