Lisandro, acompañado de su asistente, caminó a paso firme y se detuvo justo frente a Yara.
—¿Qué hacen juntas?
Yara, apoyándose en un solo pie para mostrar fragilidad, respondió:
—Vine a que me cambiaran el vendaje.
Lisandro frunció el ceño y extendió la mano para sostenerla.
—¿Por qué no trajiste a alguien para que te ayudara?
Yara arrugó la nariz en un gesto coqueto.
—Qué regañón. Ya te dije que puedo hacerlo yo sola.
Luego hizo el intento de empujarlo hacia Alana.
—Mejor no te preocupes por mí. Alana no tiene buen color, parece que ella te necesita más.
Después de decir esto, trató de alejarse cojeando, pero tambaleó y estuvo a punto de caer.
Con una mueca de preocupación, Lisandro la atrapó de inmediato, luego giró hacia Alana.
—Llevaré a Yarita al consultorio.
Yara aprovechó para rodear la cintura de Lisandro con los brazos y le dedicó una sonrisa desafiante a Alana.
—¿No te molesta, verdad?
Alana realmente no tenía energías para molestarse. Su dolor de estómago era tan intenso que sus manos comenzaron a temblar descontroladamente.
Lisandro finalmente notó que algo andaba mal con ella. Soltó a Yara y se acercó a sostenerle los hombros.
—¿Te duele el estómago otra vez? —preguntó en voz baja.
Ella se mordió el labio inferior, negando con la cabeza y haciéndole señas de que se fuera.
Tratando de ocultar su disgusto, Lisandro le masajeó el dorso de la mano sin dar explicaciones. Al ver cómo su rostro se ponía cada vez más pálido, no pudo evitar fruncir el ceño.
Los ojos de Yara se afilaron y le recordó con frialdad:
—Lisandro, tengo que ir a cambiarme la venda.
Tambaleándose otra vez, gimió por lo bajo:
—Tal vez caminé demasiado. Me duele cada vez más.
Al escucharla, Lisandro reaccionó tenso. Soltó la mano de Alana y se dirigió a su asistente, César.
—Quédate con mi esposa.
—Sí, gerente general —César corrió rápidamente hacia Alana.
—Es el problema de siempre, no gano nada quedándome. Ve a descansar, enseguida vuelvo —le susurró Lisandro a Alana.
Ella asintió débilmente, rogando que desapareciera de su vista.
Viendo cómo sus figuras se alejaban, Alana se recargó contra la pared y soltó una carcajada amarga.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¡De rodillas, ex esposo! Ahora soy tu tía