—¡Tú! —Ignacio se quedó sin palabras y su rostro se ensombreció al instante.
—Ignacio —Leticia se apresuró a tomar la mano del joven, con una voz tan frágil como la brisa—. Mi hermana fue suspendida del hospital y debe sentirse muy mal, no se lo tomes en cuenta.
—¿La suspendieron? —Ignacio reaccionó como si acabara de escuchar la mejor noticia del mundo, sin ocultar su alegría por la desgracia ajena—. ¡Esa sí que es una bendición para los pacientes!
La mirada de Yuliana se apartó lentamente de las manos entrelazadas de ambos y se posó en el rostro de Leticia.
Leticia no era despampanante, pero gracias a los años que llevaba practicando danza, poseía una elegancia única. Sus facciones irradiaban una belleza delicada y vulnerable que despertaba instintivamente las ganas de protegerla.
En el pasado, Leticia también solía hablarle a Yuliana con ese mismo tono suave.
En aquel entonces, Yuliana era lo suficientemente ingenua como para escudar siempre a Leticia y cargar con la culpa de cualquier problema que surgiera.
Leticia sabía perfectamente cómo aprovechar sus encantos y manipular la lástima que la gente sentía por los débiles.
Si Yuliana misma había sido engañada durante años, con mucha más razón caería un hombre que de por sí tenía debilidad por las mujeres indefensas.
—Hermana, de verdad lo estás malinterpretando todo —Leticia sintió un escalofrío al notar la mirada escrutadora de Yuliana. Desvió los ojos por instinto y se justificó con un hilo de voz—. No te deseamos ningún mal, solo queríamos compensarte.
Yuliana apartó la vista y la fijó en la sombra de una nube que pasaba por la ventana, sin mostrar la más mínima emoción en los ojos.
—Si hacer que me suspendan no cuenta como desearme el mal, me encantaría ver de qué otra forma planean 'compensarme' para terminar de hundirme en Valenciora.
—Hermana, ¿cómo puedes decir eso? —los ojos de Leticia enrojecieron de golpe. Las lágrimas empezaron a acumularse, apretó con más fuerza la mano de Ignacio y su voz se quebró—. Sé que estás molesta por lo de tu trabajo, pero no puedes desquitarte conmigo. Yo nunca te he hecho daño...
—Es cierto que tú no me has hecho daño directamente —Yuliana miró a Leticia con frialdad—. Pero destruiste mi reputación y mi carrera de un plumazo. Leticia, hasta el perro más manso muerde si lo acorralan.
El rostro de Ignacio se ensombreció y dio un paso al frente.


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