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Dejé el Pasado y Volví a Brillar al Piano romance Capítulo 10

Florencia bajó la cabeza de inmediato, sin querer que Salvador la viera en un estado tan lamentable.

Salvador se agachó frente a ella, apoyando una rodilla en el suelo. Le tendió una servilleta y, aunque su voz seguía cortante, se notaba cierta preocupación:

—El trabajo de secretaria no es tan sencillo como crees. No tienes por qué aguantar este desgaste.

—Pero ser la señora Fuentes también cansa, Salvador. Tú me dijiste que podía pedir lo que quisiera. Si me das el puesto de Martina, no me divorcio —soltó Florencia, firme.

El hombre, medio en cuclillas frente a ella, por primera vez la veía desde abajo.

Florencia se vio reflejada en sus ojos.

Por un instante, le pareció que en la mirada de Salvador solo existía ella. Pero la ilusión se desvaneció enseguida cuando escuchó la voz del hombre:

—No empieces, Martina no ha cometido ningún error en su trabajo, no pienso...

—Ahora sí que el señor Fuentes es justo y parejo. ¿Y yo qué fui, entonces, cuando me echaste como si nada? —le reviró Florencia, con una media sonrisa irónica.

Florencia no es que deseara realmente ese puesto de secretaria.

Su decisión de divorciarse estaba tomada; en el fondo, no quería tener más lazos con Salvador ni con la familia Fuentes.

Solo deseaba incomodarlo, hacerlo sentir su incomodidad. Antes, había puesto tantas esperanzas en él que, aun si decía las cosas más inverosímiles, las volvía bonitas en su cabeza, adaptándolas a lo que quería oír.

Pero ahora, la venda en sus ojos se había roto, y ya no quedaba nada que embellecer: solo quedaba la verdad, dura y sangrante.

Florencia continuó:

—¿A poco ahora va a decir que, de no ser por ese papelito del matrimonio, la señora Fuentes sería Martina, que le robé su lugar? Si es así, yo se lo puedo ceder sin problema. ¿Por qué se niega entonces?

Sus dedos delgados tamborileaban sobre el acuerdo de divorcio, marcando el ritmo de su desafío, como si recordaran lo inevitable.

La voz de Florencia se notaba ligeramente ronca. No sabía si era por esas dos lágrimas que se había permitido o porque sentía que una gripe se acercaba.

Salvador la observaba. Incluso en ese momento, la mujer frente a él mantenía ese aire altivo, siempre tan radiante. Sus ojos, aunque enrojecidos por el llanto, no perdían la chispa de orgullo y burla.

—¿Qué hiciste? —preguntó Florencia, sin muchas ganas, pero con cierta curiosidad.

—Tu anillo de bodas, lo llevé a la subasta y se lo puse en la cara a esos dos infelices. No sabes la cara que puso Salvador, parecía que se había tragado carbón. ¡Terminaron pagando cien millones de pesos para recuperarlo!

[¿Cómo ves? No solo no perdió valor, sino que los hice rabiar a los dos. ¿A poco no te da gusto?]

Edna se carcajeó al otro lado de la línea.

—Pero dime una cosa, ¿ya te devolvió el anillo? Si quieres, lo vuelvo a poner en subasta y le saco otro buen susto.

—Sabes cómo es él, tan orgulloso. Seguro no quiere que el anillo ande rodando por ahí. Te apuesto que, si lo vuelvo a subastar, vuelve a caer.

—No me lo ha dado —admitió Florencia, mientras deslizaba el dedo por el celular. Justo en ese momento, le apareció la publicación de Martina en el muro de su red social.

La mujer alzaba la mano, luciendo un enorme anillo de diamantes en el dedo anular izquierdo.

El anillo encajaba a la perfección. Tan ajustado y reluciente, como si le perteneciera desde siempre.

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