A pesar de que era pleno verano y el aire parecía hervir a su alrededor, Florencia no podía dejar de temblar.
—¿Y si te digo que sí? —preguntó ella, la voz apenas más que un susurro.
—Si mi señora se preocupa por mí, claro que me alegra. ¿Hay algo que quieras? Cuando regrese, te lo traigo —respondió Salvador, como si nada pasara.
Florencia lo miraba fijamente a través del cristal.
Entre ellos solo había una puerta de vidrio. Él le daba la espalda, completamente ajeno a que ella lo había visto todo, y aun así seguía diciendo palabras vacías, tan falsas como un billete de tres pesos.
La empleada ya había terminado de empacar los pasteles que Salvador y Martina habían elegido.
A través del plástico transparente, Florencia alcanzó a ver el diseño del pastel. Se armó de valor y dijo:
—Salvador, quiero un pastel. Lo quiero rosa, en forma de corazón, cubierto de perlas blancas de azúcar, y además…
Fue detallando cada aspecto, uno por uno, asegurándose de que no hubiera lugar a dudas.
De repente, Salvador sintió algo extraño. Dio media vuelta de golpe y, en ese instante, sus miradas se cruzaron a través de la puerta de cristal.
Florencia apenas curvó los labios con una mueca irónica y, viendo la cara atónita de Salvador, colgó la llamada sin vacilar. Salió disparada a la avenida y se subió al primer taxi que pasó.
Salvador apretó el celular con fuerza, dispuesto a correr tras ella, pero Martina se le plantó enfrente con el pastel:
—Señor Fuentes, Benjamín nos está esperando. Mejor vamos ya. Después puede hablar con Flor, seguro lo entiende. Este acuerdo es clave para la empresa, usted ha trabajado meses en esto. No puede salir nada mal, por favor.
La duda cruzó fugazmente por el rostro de Salvador. Marcó de nuevo a Florencia, una, dos, tres veces. Nadie contestó.
Una oleada de ansiedad le recorrió el cuerpo. Empujó a Martina intentando salir, pero ella volvió a detenerlo:
—Señor Fuentes, si de verdad tiene que irse, al menos avísele a Benjamín. No queremos que piense mal por nada.
Salvador se quedó quieto. Bajo la mirada insistente de Martina, se resignó y dio media vuelta, regresando al club donde estaban reunidos.
En realidad, Salvador sí estaba negociando con Benjamín ese día.
Fue pura casualidad que se encontrara con Martina.
Martina trabajaba como mesera en el club; la gente de Benjamín pensó que seguía siendo su secretaria y la invitaron a unirse a la sala privada.
Y justo ese día resultó ser el cumpleaños de Mireya. Benjamín hizo un comentario al respecto, y Martina se ofreció a ir por el pastel.
Así, entre coincidencias y malentendidos, todo terminó en ese lío.
Salvador creía que todo era parte del trabajo, que todo había sido casualidad, y no le dio importancia.
Jamás imaginó que, entre tantas coincidencias, Florencia iba a presenciarlo todo.
...
—Tú elegiste esto, no es mi problema —replicó Salvador, apartándola con la mano.
La vio marcharse y subió al elevador. Martina, con expresión sombría, llamó al encargado del club y le entregó una suma considerable de dinero.
—Si el señor Fuentes vuelve a venir, me avisas con tiempo.
El encargado no cabía de felicidad y la despidió como si le hubiera tocado la lotería.
...
En Jardines de Esmeralda, el silencio era tan profundo que se podía escuchar el vuelo de una mosca.
Todo estaba a oscuras, ninguna lámpara encendida. El corazón de Salvador se encogió. Subió corriendo las escaleras y, aprovechando la tenue luz de la luna, vio una pequeña figura acurrucada en la cama. Solo entonces pudo respirar.
Dejó lo que traía sobre la mesita y se sentó al borde de la cama.
—Flor, ¿ya estás dormida?
Florencia no quería ni mirarlo.
Salvador, con cuidado, deslizó la sábana que le tapaba la mitad del rostro.
—¿Me das chance de explicarte? ¿Sí?

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