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Dejé el Pasado y Volví a Brillar al Piano romance Capítulo 111

Con la intervención de Salvador, Martina ya no pudo seguir fingiendo fortaleza. Bajó la cabeza y rompió en llanto, sollozando con la voz entrecortada:

—Hermana, ¿hasta dónde quieres llevarme para quedarte tranquila?

Aunque admitiera que cometió errores, ya le habían quitado el trabajo, la habían dejado con una deuda de cuatrocientos millones de pesos, y hasta su madre trabajaba como sirvienta para la madre de Florencia. ¿No era suficiente?

—¿De verdad quieres verme muerta?

Martina recurría a su vieja táctica de tergiversar las cosas y hacerse la víctima.

Florencia, cansada de discutir, alargó la mano, tomó una navaja del plato de frutas y se la tendió a Martina.

—¿Te quieres morir? Dale, no lo pienses tanto.

—¡Ya basta! Florencia, ya estuvo bueno de tus berrinches —intervino Salvador, quien de un manotazo le quitó la navaja de la mano a Florencia.

Con un leve tirón, jaló a Martina y la puso detrás de él.

La escena le resultaba familiar. Se parecía demasiado a las veces en las que se había interpuesto entre ellas para proteger a Martina.

Florencia sentía el cosquilleo en la muñeca por el golpe, pero no apartó la mirada, fulminando a Salvador con los ojos:

—¿Así es como piensa usted, señor Fuentes, que podemos vivir bien juntos?

Salvador sostuvo su mirada, pareció titubear por un instante, pero enseguida se recompuso y contestó:

—Eres tú la que se está pasando.

—¿Yo? —Florencia sonrió con ironía—. ¿Qué hice? ¿La golpeé? ¿La insulté? Nada de eso. Solo quise ayudar a mi hermana, echándole la mano con las ventas.

—Si trabaja aquí, atender clientes y vender tragos es parte de lo que hace. Si hoy no fuera yo quien se sienta aquí, le estaría vendiendo a cualquier otro, ¿no es así? Entonces, ¿en qué me equivoqué?

Esta vez no hubo gritos ni escándalo de Florencia, solo una respuesta directa que dejó a Salvador sin palabras. Además, la imagen de Martina con el uniforme de mesera no dejaba de recordarle que Florencia no había hecho nada fuera de lugar.

—Pero no tenías que humillarla así una y otra vez —murmuró Salvador después de un rato, con voz seca.

Florencia sonrió con más fuerza, una sonrisa que destilaba ironía.

—¿Ahora resulta que decir la verdad es humillar? Salvador, parece que hay cosas que ustedes sí pueden hacer, pero los demás no pueden ni mencionarlas.

—Un cuñado y su cuñada, desaparecidos toda la noche en el club... Eso es un hecho. Si solo estaban tomando, ¿por qué los tragos que le vende a ti sí están bien, pero los que me vende a mí no?

La mirada de Salvador se endureció, pero una vez más se quedó sin palabras.

Martina, por otro lado, parecía haberse apagado. Dudó un instante y luego le habló a Salvador:

—Señor Fuentes, gracias por defenderme hoy, pero mi hermana tiene razón. Este es mi trabajo ahora.

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